El aire entre Ricardo y Alejandra crepitaba, una línea invisible de tensión que atravesaba el bullicio y la risa de la terraza. Él era un depredador en el umbral de su territorio, inmóvil y letal. Ella era la reina en el centro de su corte, consciente de su presencia, pero negándose a reconocerla.
Él esperaba. Esperaba que ella flaqueara. Que su sonrisa se desvaneciera al sentir su ira. Que su calma se rompiera bajo el peso de su desaprobación. En su mundo, su mirada era un arma, una herramienta de control que había funcionado con todos, siempre. Un ceño fruncido de Ricardo Estevez podía hacer que ejecutivos experimentados temblaran. Un silencio helado podía poner de rodillas a sus rivales.
Esperaba que ella mostrara miedo. O al menos, el nerviosismo de haber sido descubierta en su traición. Esperaba ver una grieta en su fachada, una señal de que sabía que había ido demasiado lejos y que ahora enfrentaría las consecuencias.
Pero no había nada.
Como si finalmente se dignara a notar el zumbido de un insecto molesto, Alejandra levantó la vista. Sus ojos, tranquilos y profundos, encontraron los de él a través de la multitud.
Fue una colisión.
La furia desnuda y volcánica de Ricardo chocó contra la calma victoriosa y glacial de Alejandra. No hubo necesidad de palabras. Todo se dijo en ese duelo silencioso de miradas.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...