El aplauso que despidió a Natalia del escenario fue el sonido de la piedad. Fue un aplauso escaso, forzado, que duró apenas unos segundos antes de morir en un silencio incómodo. El presentador del evento subió rápidamente, tratando de llenar el vacío con una sonrisa desesperada y comentarios sobre la "maravillosa" demostración, pero sus palabras se perdieron en el murmullo de una audiencia que ya había pasado a otra cosa.
Natalia no esperó los agradecimientos finales. Su rostro, que momentos antes había sido una máscara de profesionalismo sonriente, era ahora una hoja de papel en blanco, pálido y tenso. Entregó su plato terminado a un asistente sin mirarlo y bajó del escenario casi corriendo, su elegante vestido rojo era una mancha de humillación huyendo de la escena del crimen.
Sus tacones resonaban con furia sobre el suelo de mármol mientras se abría paso entre los pocos invitados que quedaban en el salón. Su mente era un torbellino de veneno y negación. ¿Cómo había pasado esto? ¿Cómo se había atrevido esa gata insignificante a robarle su noche, su triunfo, su momento?
Su objetivo era claro: Ricardo. Él lo arreglaría. Él tenía que arreglarlo. Tenía que castigar a Alejandra, expulsarla, hacerla desaparecer. Su poder era el antídoto para el veneno que ahora corría por sus venas.
Lo vio de pie junto a la entrada de la terraza, una silueta oscura contra la luz y la risa que venían de afuera. Se apresuró hacia él, su angustia ensayada lista para derramarse.
—Ricardo —comenzó, su voz temblorosa, lista para romperse en un sollozo—. ¿Viste lo que hizo? Esa…
Pero se detuvo.
Él ni siquiera la miraba.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...