Ricardo no estaba sentado. Había pasado los últimos veinte minutos de pie, en un lateral del escenario, una estatua de furia contenida. Había observado el éxodo con una incredulidad creciente, tratando de interceptar a algunos invitados, preguntándoles con una sonrisa forzada si todo estaba bien, solo para recibir respuestas evasivas sobre "tomar un poco de aire".
Al principio, su ira se dirigió a la mala educación de sus invitados. Luego, a la incompetencia de los organizadores del evento. Pero a medida que la marea de gente que salía hacia la terraza se hizo innegable, la verdad, afilada y fría, comenzó a abrirse paso a través de las capas de su arrogancia.
Fue como ver las piezas de un rompecabezas encajar lentamente en su mente, formando una imagen que no quería ver.
La sumisión de Alejandra en el penthouse. Su desconcertante aceptación de la gala, su promesa de "proteger el honor de la familia".
El vestido beige. Su advertencia silenciosa, que ella había aceptado con una sonrisa.
Y luego, la petición. La pequeña, humilde e inofensiva petición de tener un stand para "honrar a su padre". Una concesión que él le había otorgado desde una posición de poder, un gesto de magnanimidad para con la prisionera obediente.
Cada recuerdo era una bofetada. Cada pieza encajaba con una claridad nauseabunda.
No había sido sumisión. Había sido estrategia.
No había sido obediencia. Había sido camuflaje.
No había sido una petición inofensiva. Había sido el Caballo de Troya.
Se dio cuenta, con una furia que le revolvió las entrañas, de que había sido total y absolutamente manipulado. Ella había usado su propia necesidad de control en su contra. Había anticipado cada uno de sus movimientos, cada una de sus reacciones, y los había utilizado para construir su trampa. Él mismo le había dado el arma y la había colocado en el corazón de su fortaleza.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...