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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 116

Si el salón principal era un reino que se desmoronaba, la terraza jardín se había convertido en una corte vibrante y bulliciosa. La transformación fue total. El rincón discreto y apartado era ahora el epicentro magnético de la gala, atrayendo a la órbita de Alejandra a la flor y nata de la sociedad mexicana.

El aire estaba cargado de aromas que eclipsaban por completo el insípido olor del catering de lujo del interior. Humo de maderas aromáticas, el perfume cítrico de las limas recién cortadas, el complejo picor de los chiles y el aroma casi místico del mezcal Tobalá. Era una sinfonía olfativa que prometía una experiencia auténtica, y cumplía.

La gente ya no susurraba. Hablaban en voz alta, reían, sus rostros animados por el alcohol y la sorpresa del descubrimiento. Se había corrido la voz de que los cocteles de Alejandra no solo eran deliciosos, sino potentes. El ambiente era festivo, casi conspirador, como si todos fueran partícipes de un secreto delicioso a espaldas de la formalidad aburrida del salón.

En el centro de todo, Alejandra se movía con una calma y una gracia que contradecían el caos controlado a su alrededor. No había ni una pizca de estrés en sus movimientos. Explicaba cada creación con la paciencia de una maestra y la pasión de una artista.

—Esta se llama "Corazón de Jade" —le dijo a una famosa actriz que la miraba con adoración—. Es una infusión de mezcal con hoja santa y pepino. La sal del borde no es sal, es polvo de chapulín con chile de árbol.

La actriz probó el coctel, y sus ojos se abrieron con asombro. —Es… es como beber un poema.

Alejandra simplemente asintió, ya atendiendo al siguiente invitado, un banquero de inversión que devoraba una brocheta de escamoles.

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