La respuesta de la familia Estevez al ataque mediático de Penny "La Lince" fue rápida, masiva y arrogante. No se dignaron a emitir un comunicado. No respondieron a las insinuaciones. En su lugar, contraatacaron con el arma que mejor conocían: el poder puro y el dinero.
En menos de veinticuatro horas, la noticia de la "Gran Gala Benéfica Estevez por el Arte Mexicano" inundó todos los medios. No fue un simple anuncio; fue una ofensiva de relaciones públicas. Compraron páginas enteras en los periódicos más importantes, espectaculares en las avenidas más transitadas y contrataron a los influencers más caros para que hablaran de la "magnanimidad" y el "compromiso cultural" de la familia.
El evento no se celebraría en su mansión, como había ordenado originalmente Don Guillermo. El lugar era aún más audaz, una declaración de poder en sí misma: el Castillo de Chapultepec. Habían conseguido, en un tiempo récord, los permisos que a otros les tomaban años, un claro mensaje de que las reglas no se aplicaban a ellos.
La gala era un claro movimiento de poder, una forma de gritarle a la élite de México: "Pueden susurrar todo lo que quieran. Nosotros seguimos siendo los reyes".
Esa tarde, Ricardo subió al penthouse. No había llamado para avisar. Entró usando su propia llave, encontrando a Alejandra en la sala de estar, leyendo un libro sobre botánica. La luz del atardecer la envolvía, creando una imagen de tranquilidad que lo irritó profundamente.
Él no se anduvo con rodeos. Su tono era el de un general dando órdenes a un soldado raso.
—Hay una gala. En el Castillo de Chapultepec. El próximo sábado. Es por una causa benéfica.
Alejandra levantó la vista del libro, sus ojos tranquilos y expectantes. No dijo nada, obligándolo a continuar.
—Asistirás —dijo él, cada palabra era una piedra lanzada al silencio—. Te sentarás en la mesa principal, junto a mí y a Natalia.
Hizo una pausa, acercándose a ella, su sombra cayendo sobre ella. —Serás amable con Natalia. Reirás de sus chistes. La felicitarás por su embarazo si alguien lo menciona. Sonreirás para cada cámara, para cada teléfono, para cada invitado que se acerque a la mesa.
Se inclinó, su voz bajó a un gruñido bajo y peligroso. —No me darás ni una sola razón, ni la más mínima, para dudar de tu lealtad a esta familia. Quiero que el mundo vea una imagen de unidad perfecta. Quiero que esa buitre de Penny de la Cueva se trague cada una de sus palabras.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...