La sumisión de Alejandra, aunque desconcertante, le dio a Ricardo una sensación de control que no había tenido en semanas. Decidió que la mejor manera de mantener esa ventaja era a través de una ofensiva continua, un recordatorio constante de quién estaba a cargo.
Al día siguiente, un mensajero de una de las boutiques más exclusivas de la avenida Presidente Masaryk llegó al penthouse. Llevaba una caja de un tamaño impresionante, envuelta en papel de seda y atada con una cinta de raso.
Ricardo se aseguró de estar presente cuando Alejandra la recibió. Se apoyó en el marco de la puerta de su estudio, con los brazos cruzados, observándola.
—Es para ti —dijo él, su tono era casual, pero el mensaje subyacente era claro.
Alejandra dejó la caja sobre la mesa del comedor y deshizo la cinta con cuidado. Dentro, anidado en capas de papel crujiente, había un vestido de gala.
Era, sin duda, una prenda espectacularmente cara. La tela era una seda pesada que caía en pliegues elegantes. El corte era de alta costura, sofisticado y de una calidad innegable. Pero era el color y el estilo lo que transmitía el verdadero mensaje.
El vestido era de un color beige pálido, un no-color diseñado para mezclarse con el fondo. El cuello era alto, las mangas largas y la falda caía hasta el suelo sin ninguna abertura. No había un solo adorno, ni un bordado, ni una lentejuela. Era la definición de la modestia conservadora. Era un vestido diseñado para hacerla invisible, para anular su presencia.
Era un uniforme de sumisión.
Alejandra sacó el vestido de la caja, la tela se sentía fría y pesada en sus manos. Lo sostuvo frente a ella, mirándolo. No había decepción en su rostro. Ni siquiera sorpresa. Solo una evaluación tranquila.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...