La furia de Don Guillermo Estevez era una fuerza de la naturaleza. No era explosiva ni ruidosa, sino fría, densa y aplastante, como la presión en las profundidades del océano.
Esa misma noche, convocó una reunión de emergencia en la biblioteca de la mansión. No era una invitación, era una citación.
Estaban todos presentes. Ricardo, con una expresión sombría. Natalia, a su lado, con el rostro pálido y los ojos enrojecidos, ya practicando su papel de víctima. Y, sentados en un sofá aparte, los padres de Sofía y Mateo, el señor y la señora Rojas Ibáñez, la vergüenza y la ira luchando por el dominio en sus rostros.
Don Guillermo estaba de pie junto a la chimenea apagada, de espaldas a todos, mirando un retrato de su difunta esposa. El silencio en la habitación era tan pesado que parecía tener forma física.
Finalmente, se giró. En su mano sostenía una copia impresa del artículo de "El Aguijón de Penny". Se acercó a la gran mesa de caoba del centro y la dejó caer. El sonido del papel golpeando la madera pulida fue como un disparo.
—Nuestro apellido —comenzó, su voz era un murmullo bajo y peligroso que hizo que todos se enderezaran—, está siendo arrastrado por el lodo.
Nadie se atrevió a hablar.
—Durante generaciones, hemos construido un nombre sinónimo de poder, de discreción, de honor. Y en cuestión de meses, lo hemos convertido en el chisme de moda, en la comidilla de arribistas y buitres digitales.
Sus ojos se posaron en sus sobrinos, los Rojas Ibáñez. —Fraude. Falsificaciones. Vergüenza.
Luego, su mirada se movió hacia Natalia. Natalia se encogió bajo su peso. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.
—Abuelo, yo no hice nada… —sollozó, su voz era un hilo tembloroso—. No sé por qué me odian. Soy la víctima aquí…
Don Guillermo levantó una mano, un gesto corto y cortante que la silenció al instante.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...