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El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra romance Capítulo 100

El clic suave de la puerta de su habitación al cerrarse fue el único sonido que rompió el silencio. Alejandra permaneció de espaldas a la entrada, escuchando. Sus sentidos, agudizados por la constante necesidad de vigilancia, se extendieron por el lujoso penthouse.

No tardó en oírlo.

Primero, el sonido inconfundible del corcho de una botella de champán al ser descorchado. Un estallido sordo y festivo que viajó desde el salón de la planta baja hasta su refugio.

Luego, las voces. La de Natalia, un trino agudo y triunfante. La de Ricardo, más grave y contenida, pero presente. No podía distinguir las palabras, y no le importaba. El tono era suficiente. Era el sonido de la celebración. El sonido de su victoria.

Alejandra no se movió. Dejó que los sonidos la invadieran, los analizó con la distancia de un científico observando una reacción química. No había dolor. No había celos. Solo una evaluación fría de los hechos.

Finalmente, el tintineo de dos copas de cristal al chocar. Un brindis.

Alejandra exhaló lentamente y se giró. Borró el mensaje de Valeria de la memoria del teléfono de prepago, le quitó la batería y lo volvió a esconder en su lugar secreto. Su trabajo por esa noche había terminado. El de ellos, acababa de empezar.

Caminó hacia el gran ventanal, la ciudad nocturna era un tapiz de diamantes esparcidos sobre un terciopelo negro. Se quedó mirando, no la ciudad, sino su propio reflejo en el cristal oscuro.

La joven que le devolvía la mirada ya no era la misma que había llegado a esa jaula dorada. La chica asustada, la víctima acorralada, había desaparecido por completo. Sus hombros estaban rectos. Su barbilla, alta. Sus ojos, que una vez estuvieron nublados por el dolor y la confusión, ahora eran profundos, oscuros y llenos de una calma aterradora.

En su reflejo no veía a la protegida de los Estevez. Veía a una estratega. A una guerrera.

El sonido de la risa de Natalia flotó débilmente desde abajo. Una risa que goteaba autocomplacencia. Alejandra la escuchó, y una parte de ella registró el sonido, lo archivó junto a todas las demás transgresiones.

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