La mañana siguiente a la propuesta de matrimonio amaneció con un sol brillante y cruel que se derramaba por los ventanales del penthouse. Para el mundo, y ciertamente para Natalia Fuentes, era el comienzo de una nueva y feliz era. Para Alejandra Robles, era el primer día de una nueva guerra.
No se quedó en la cama. Se levantó antes del amanecer y se dirigió al gimnasio privado del apartamento, un espacio de última generación con vistas a la ciudad dormida. Se puso los auriculares, pero no puso música. Solo el sonido de su propia respiración y el golpeteo rítmico de sus zapatillas contra la cinta de correr.
Corrió. Corrió con una intensidad controlada, empujando su cuerpo más allá del cansancio, convirtiendo la rabia fría que sentía en energía pura. Cada kilómetro era un enemigo derrotado. Cada gota de sudor era una debilidad purgada. Su calma exterior, la máscara de serenidad que había perfeccionado, contrastaba violentamente con la furia de sus movimientos. No era un ejercicio para la salud. Era un entrenamiento para la resistencia. La guerra que se avecinaba sería una maratón, no un sprint.
Después de una hora, estaba terminando su rutina en un saco de boxeo cuando la puerta del gimnasio se abrió.
Era Ricardo. Llevaba un traje impecable, listo para ir a la oficina, pero había ojeras oscuras bajo sus ojos. No había dormido bien.
Se detuvo en la entrada, observándola. Alejandra no detuvo su ritmo. Siguió lanzando combinaciones precisas y brutales contra el saco: jab, cruz, gancho, patada baja. Cada golpe aterrizaba con un ruido sordo y satisfactorio.
Él carraspeó, claramente incómodo en su propio gimnasio. —Alejandra.
Ella lanzó una última patada giratoria que hizo temblar el saco y se detuvo. Se quitó los guantes lentamente, su pecho subiendo y bajando mientras recuperaba el aliento. Se giró para mirarlo, su rostro impasible y cubierto por una fina capa de sudor. No dijo nada.
Ricardo se movió torpemente hacia la máquina de pesas, fingiendo inspeccionarla. —Natalia… —comenzó, su voz era tensa—. Natalia está muy feliz.
Alejandra tomó una toalla y se secó el cuello. El silencio era su arma.
Él suspiró, frustrado. —Mira, sé que esto es… complicado. Pero los planes de boda van a empezar. Habrá organizadores, pruebas de menú, gente entrando y saliendo de la mansión… y de aquí.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Día que Murió Nuestra Hija, Él le Puso el Anillo a Otra
Hasta ahora esta muy interesante...