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El despertar del Dragón (Jaime Casas) romance Capítulo 6124

El Valle del Dragón Celeste yacía oculto en las entrañas de una vasta cordillera, a varios miles de millas al norte de Ciudad Refugio.

Los antiguos ancestros dracónicos lo habían sepultado bajo capa tras capa de prohibiciones. La bruma serpenteaba todo el año y una niebla espiritual plateada se aferraba como gasa, sellando el valle de toda mirada entrometida.

Aunque un cultivador corriente pasara volando diez millones de veces, lo tomaría por una cresta yerma, infestada de bestias demoníacas, sin sospechar siquiera que las nubes encubrían un refugio dracónico cuyo legado podía sacudir por completo el Decimocuarto Firmamento.

Jaime Casas siguió a Adrián y a los demás colosos dracónicos, atravesando, una barrera tras otra, aquellos velos antiquísimos, sombríos y superpuestos.

Con cada capa que cruzaba, la Energía Espiritual a su alrededor se espesaba, y la presión ancestral en el aire se volvía, al mismo ritmo, más pesada.

Cuando el último velo de luz, apenas dorado, se desvaneció ante él, por fin pisó el santuario del que solo se susurraba en las leyendas.

La vista que se abrió ante sus ojos lo obligó a detenerse un latido; un destello le cruzó la mirada, pese a la compostura que solía llevar como armadura.

Las montañas se curvaban como brazos protectores, alzando en el centro una cuenca inmensa y abierta.

Arriba no colgaba un cielo cualquiera, sino nubes forjadas de esencia draconiana pura y concentrada: masas doradas que derivaban y se arremolinaban como si tuvieran vida.

La fuerza que se filtraba de esas nubes se extendía vasta como un océano y antigua como la prehistoria; bastaba alzar la vista para que el pulso se desbocara y el cuerpo sintiera el impulso de inclinarse.

Abajo, pabellones y torres se alzaban en filas interminables, extendiéndose en todas direcciones.

Su diseño se apartaba por completo de los palacios recargados de los cultivadores humanos: no había tallas delicadas, pero cada viga proclamaba una grandeza dracónica, áspera y descomunal.

La mayoría de los salones estaban levantados con madera milenaria y jade espiritual de diez milenios. Las columnas lucían incontables grabados de dragones; cada trazo contenía un fragmento de la Gran Vía, con un rugido apagado que parecía vibrar dentro de la veta.

A lo lejos, las crestas ondulaban; los manantiales espirituales murmuraban; flores y hierbas exóticas alfombraban el suelo. Un tenue almizcle dracónico flotaba en el aire, y cada pulgada de tierra guardaba el poder destilado de una Vena de Dragón.

Más allá, en el borde del cielo, varios dragones de casi mil yardas de largo se desenrollaban y giraban entre los picos.

Sus escamas devolvían una luz cegadora, sus garras rasgaban bancos de nubes y sus colas barrían las montañas. Cada aullido largo y lúgubre sacudía el vacío mismo y proclamaba la autoridad suprema de una bestia ancestral.

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