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El despertar del Dragón (Jaime Casas) romance Capítulo 6077

En el borde donde el nivel trece rozaba el Decimocuarto Firmamento, el espacio se aflojaba hasta volverse una tormenta de bruma sin forma.

Allí no titilaba ninguna estrella; no había luz alguna: solo una oscuridad ondulante, trenzada con corrientes espaciales afiladas como cuchillas.

Cualquier viajero del Reino del Gran Inmortal que se adentrara por error sería hecho pedazos antes siquiera de poder gritar.

Y, aun así, dos siluetas avanzaban, paso a paso, firmes, como si pisaran suelo sólido en vez de caos.

Eran Jaime Casas y Luther.

Jaime llevaba el pergamino de hueso que el Anciano Gloam le había obsequiado, dejando que la ruta grabada guiara sus ojos entre el remolino oscuro en busca de una costura oculta.

A su lado, Luther soltó una advertencia en voz baja. "Señor Casas, el espacio más adelante azota con más fuerza de lo normal. Puede que estemos entrando en peligro".

Jaime respondió con un solo asentimiento y despertó el Ojo del Caos; un destello plateado le cruzó las pupilas mientras miraba al frente.

Bajo esa visión alterada, el torbellino se reordenó en capas claras, como un mapa que pudiera leerse.

Había redes de fracturas por todas partes, pero un desgarro fino brillaba con un dorado tenue: justo la Grieta Entre Mundos grabada en el pergamino.

La emoción le afiló la voz. "Ahí está. Pegado detrás de mí".

Fue el primero en lanzarse, deslizándose por la hendidura dorada; Luther lo siguió en la estela.

En el instante en que la fisura los tragó, el mundo se invirtió: arriba fue abajo, y una embestida rugiente los zarandeó como una barquilla sobre aguas embravecidas.

Cada cinta de viento espacial traía filo suficiente para despedazar a un Reino del Gran Inmortal de nivel siete; cada ráfaga lamía el escudo de aire que los envolvía.

Jaime desplegó una cúpula de fuerza caótica y metió a Luther dentro.

La barrera se estremeció con cada impacto, se dobló… y aguantó.

El tiempo perdió sentido hasta que, muy al frente, un punto de luz por fin perforó la penumbra.

"¡Ya casi!" ladró Jaime, lanzándose hacia el resplandor con una velocidad renovada.

Un estruendo sordo sacudió el vacío.

Atravesaron una membrana invisible, y de pronto se abrió ante sus ojos una inmensidad.

Aire limpio les golpeó el rostro; una Energía Espiritual tan densa que casi podía saborearse les inundó cada poro.

Sobre ellos se extendía un cielo azul, lavado, salpicado de bancos de nubes perezosas.

Abajo, picos inmortales interminables derramaban cascadas y manantiales, lechos de flores raras y bestias espirituales que vagaban a sus anchas.

Pero fue el propio firmamento lo que les robó el aliento.

Nueve soles colgaban en un patrón exacto de nueve en cuadro, con una luz tibia, jamás abrasadora.

Entre esos discos ardientes, parpadeaban estrellas tenues: sol y constelación compartiendo el mismo lienzo azul.

La voz de Luther cayó a un susurro. "Así que este es el Decimocuarto Firmamento". El asombro le colmó la mirada.

La energía ambiental allí se sentía, como mínimo, diez veces más pesada que el aliento tenue del nivel trece.

Un solo día de entrenamiento en tanta riqueza podía equivaler a un mes entero de vuelta en casa.

Jaime inhaló hondo; la fuerza caótica y la Línea de Sangre del Dragón Dorado corrieron por sus meridianos con una facilidad sorprendente, chispas de poder titilando bajo su piel.

Exhaló, medio sonriendo. "Vaya mundo tan vasto".

El calor de la batalla le encendió la mirada. "Palacio Celestial, Basílica Celestial, Corte Celestial… Jaime Casas ha llegado".

Se volvió hacia Luther. "Primero, un lugar donde quedarnos y noticias".

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