Levantó las pestañas. El sigilo se desvaneció de su frente, dejándolo pálido y vacío; abrirse tanto había agotado la esencia de su concentración.
Tomó una respiración entrecortada que se estabilizó al salir.
—La apuesta ha dado sus frutos. Los Antiguos Refinadores de Energía valoran más la armonía entre el corazón y el camino que el poder bruto. Vamos.
Jaime se adentró en la irregular boca de la montaña, con los hombros tensos. El Señor Demonio Bermellón lo seguía de cerca, sus pasos deslizándose justo un paso detrás, como si temiera rozar la manga de Jaime.
El interior era austero, un pasadizo amplio con paredes de piedra pulidas hasta parecer cristal; no había gemas relucientes ni ídolos dorados. Murales descoloridos adornaban las paredes aquí y allá: siluetas de sacerdotes, cielos ancestrales y nubes que se tragaban y exhalaban.
El aire interior era notablemente más denso y puro, presionando su piel. Con cada paso, este peso ancestral se intensificaba, como si la montaña recordara una era anterior a la invocación del poder mediante los nombres.
El túnel parecía interminable, con solo la lenta quema de la tensión marcando el paso del tiempo. De repente, el techo se elevó, y se encontró en una caverna tan vasta que absorbía sin esfuerzo la luz de las antorchas.
En el corazón de la cámara había un modesto estanque de agua tan cristalina que reflejaba su propio pulso. Sin embargo, cambiantes hilos de luz estelar flotaban bajo la superficie, fluyendo como una galaxia silenciosa. Sobre esta quietud, tres artefactos giraban suspendidos con la paciencia de los mundos.
A la izquierda flotaba un rollo de bambú, no de seda ni de piel, oscurecido por el tiempo hasta un ocre profundo. Un hilo negro desconocido lo mantenía cerrado, pero una marea de vasto conocimiento, como humo, se filtraba a través del tejido.
Frente a él giraba en silencio una vasija de arcilla no más grande que su palma. Su superficie gris hollín no revelaba nada, pero su boca sellada palpitaba con el viento de la tormenta y el latido subterráneo de los continentes.
Entre estos dos, latía un orbe del tamaño de un puño. Sus matices oscilaban entre el humo y el amanecer recién nacido, y en sus profundidades, las galaxias nacían y ardían en un parpadeo. Jaime sintió el Origen puro hasta en sus huesos.
Junto a la orilla del estanque, un esqueleto envuelto en un tosco manto de cáñamo se sentaba en una postura de meditación, su barba y cabello blanco como la nieve aún aferrados a los huesos. Aunque sin aliento, la figura permanecía erguida, firme como la tierra con la mente fija en el cielo. Frente a sus piernas cruzadas, varias líneas talladas profundamente en el suelo de piedra, con las marcas del cincel aun brillando, captaron su atención.
Jaime contuvo la respiración en una lentitud casi reverente al acercarse. El Señor Demonio se movió a su lado, sus ojos carmesí repentinamente respetuosos.
Los caracteres tallados eran más antiguos que cualquier gráfico académico: pictogramas irregulares cuyas curvas sugerían truenos y plegarias en un solo trazo. Al rozar su mirada con ellos, el significado floreció espontáneamente en su mente.
«Yo, Grant, Refinador de Energía, percibo la sombra de mi último aliento. Aquí dejo mi legado, a la espera de quienquiera que llegue por destino».
«A la izquierda descansa el Tomo del Refinamiento de la Unidad Primigenia, la suma de los estudios de mi vida sobre el aliento que divide el caos y da pulso a todas las cosas».
«A la derecha se encuentra el Caldero de la Montaña y el Río, que contiene una pizca de la esencia innata de la tierra y el cielo; puede quebrantar a los demonios, nutrir las venas del espíritu y enseñar la virtud paciente de la tierra».
«En el centro yace la Semilla de la Fuente del Caos, condensada a partir de un hilo de aliento primigenio tras diez mil años junto al mar del caos».
«Ofrece futuros infinitos y peligros inconmensurables; acércate solo con una determinación inquebrantable, una suerte excepcional y un vínculo innato con el caos. Ten cuidado».
«Quienquiera que reclame este legado, honra nuestro oficio; no mancilles el nombre de los Refinadores de Energía. Los cielos son vastos, el camino no tiene fin, que puedas…».
El último trazo se desvaneció en el aire, llevándose consigo el deseo postrero del maestro, borrado por el inexorable paso del tiempo.
Una oleada de calor inundó el pecho de Jaime, confirmando el legado intacto y real de los antiguos Refinadores de Energía, ahora a su alcance.
Solo el Tomo del Refinamiento de la Unidad Primigenia poseía la clave para desenmarañar el cruce caótico de sus cuatro poderes, que se desgastaban mutuamente.
Aunque el Caldero Montaña-Río era un tesoro de valor incalculable para cualquier época, Jaime lo ignoró.
El orbe, esencia pura del caos, lo atraía con una fuerza gravitacional casi personal.
En lo más profundo de su ser, la Energía Celestial del Caos bullía, y la Estrella del Origen de Cuatro Colores giraba a una velocidad vertiginosa, fundiendo sus colores. Un hambre que reflejaba la suya lo impulsaba hacia adelante.
A su lado, el Señor Demonio apenas prestó atención a las reliquias. La criatura olfateó el ambiente, y sus pupilas se fijaron en una fisura en la pared de la caverna.
Semioculta en la grieta, una hierba traslúcida con nueve diminutos orificios temblaba, liberando un aroma que despejaba la mente y agudizaba cada pensamiento.
—¡Hierba del Alma Divina de los Nueve Orificios! —exclamó el Señor Demonio, con la voz quebrada por el puro deleite.
El eco resonó en la bóveda, causando un sobresalto incluso en Jaime, quien nunca había oído tanta alegría en esa voz grave y áspera.
Casi lo pasa por alto. En una sutil hendidura entre dos losas, un grupo de hojas veteadas de plata brillaba con una luz fría, lunar: era la Hierba del Alma Divina de los Nueve Orificios, la que, según los manuales, le faltaba.
Un escalofrío, mezcla de incredulidad y un crudo y desesperado alivio, le recorrió la espalda.
A su lado, el Señor Demonio Bermellón, generalmente imperturbable, contuvo el aliento, y sus ojos carmesíes se abrieron como carbones avivados por el viento.
El asombro compartido flotaba en el aire polvoriento, frágil pero cargado de electricidad.
—Maestro, hemos recorrido medio mundo en busca de esto y ha decidido recibirnos aquí, sin que hayamos dado un solo paso en vano.

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