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El despertar del Dragón (Jaime Casas) romance Capítulo 5969

El frío rocío del arroyo le golpeó la cara. Al parpadear, se dio cuenta de que estaba de nuevo junto al agua en el Refugio de Flor Prunus, mientras el sueño de los pabellones de piedra se desvanecía.

No obstante, la resonancia persistía. En lo profundo de su ser, las cuatro fuerzas entrelazadas se sentían más asentadas que antes, y la sensación de un caos naciente latía contra su alma como una marca fresca.

El Señor Demonio Bermellón inclinó la cabeza, con mechones carmesí danzando sobre uno de sus cuernos.

—¿Qué acaba de pasar? Cerraste los ojos un instante y el anciano te dejó pasar.

—Es complicado de entender —dijo Jaime, saboreando todavía el silencio que dejó aquella tabla esfumada—. Podríamos llamarlo una revelación.

Dejó las preguntas en el aire. Su mirada se dirigió al extremo más lejano del refugio, donde la niebla se arremolinaba alrededor de la entrada de una antigua cueva, con líneas de tiempo grabadas en su arco sombrío.

—Esa debe de ser la morada final —murmuró—. La tercera prueba espera a sus puertas.

Él y el Señor Demonio se pusieron en marcha. El silencio de los pétalos de durazno fue reemplazado por el crujido de la grava bajo sus pies, impulsados por la expectación.

La pared de la montaña se curvaba más adelante, revelando la entrada de una caverna natural de casi treinta metros de altura.

Una cortina líquida de siete colores cubría la abertura, ondeando como el agua. En el interior de estas ondas, flotaban símbolos mucho más complejos que los que Jaime había visto en la pizarra de piedra.

A la izquierda se erguía una estatua: un rostro humano sobre las espirales de una serpiente, con una vara de medir equilibrada en manos esbeltas, su mirada tallada era fría y exigente.

A la derecha había otra: un amplio torso humano con cabeza de tigre y un hacha de piedra levantada, como si estuviera a punto de partir el mundo. El tiempo no había disminuido la sensación de amenaza que emanaba de ella.

Jaime y el Señor Demonio Bermellón apenas habían avanzado cien pasos cuando, de forma repentina e intensa, los ojos de ambas estatuas se iluminaron.

El resplandor no era el brillo inerte de una gema; se movía, estaba vivo, y por un instante, Jaime sintió como si una entidad dentro de la piedra hubiera despertado y se hubiera fijado en él.

—Hijos de los tiempos venideros, detengan su avance. Este refugio le pertenece a mi señor. Solo aquellos con destino, virtud y capacidad podrán pasar —Las dos primeras puertas pusieron a prueba su fuerza y percepción. La tercera medirá su corazón, su propósito y la amplitud de lo que pueden soportar.

—Rompan estos cuerpos que custodiamos o gánense nuestra aprobación —tronó la estatua con cabeza de tigre—. Pero si fallan, tanto el cuerpo como el alma se harán añicos más allá de la rueda del renacimiento. ¿Se atreven a la prueba?

El aire se espesó. La presión cayó sobre el pecho de Jaime como un acantilado que se derrumba, robándole medio respiro antes de que obligara a sus pulmones a moverse de nuevo.

Ese momento de peso eclipsó la tensión que había sentido bajo los tres guardianes de las sombras y el anciano del tablero de juego juntos.

A su lado, las pupilas del Señor Demonio ardían en carmesí. Una sonrisa se dibujó en el rostro del demonio.

—Por fin, algo con garra. Jaime, ¿directo al grano o…?

Jaime dejó que su mirada vagara de las estatuas a la barrera cambiante, con la mente barajando opciones como un jugador que maneja los dados.

¿Forzar la entrada?

Los dos guardianes compartían una corriente de poder, una formación invisible que zumbaba entre ellos y la pantalla multicolor. Incluso la victoria probablemente lo dejaría demasiado agotado como para romper la barrera en sí.

Entonces, ganarse su aprobación. ¿Pero cómo?

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