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El despertar del Dragón (Jaime Casas) romance Capítulo 5971

Un aullido, mezcla de tormento y triunfo, escapó de la boca de Jaime.

Su piel se resquebrajó como vidrio roto, dejando fisuras escarlatas por doquier. El caos que lo invadía sellaba las heridas antes de que la sangre fluyera, solo para abrirlas de nuevo con cada pulso.

En su núcleo de poder, la presión se acumulaba, amenazando con una explosión. Su Estrella del Origen de Cuatro Colores se desvaneció bajo la marea de caos puro, sus matices y contornos se disolvieron. El nuevo poder no era sutil; devoraba al antiguo y martillaba los restos hasta convertirlos en formas irreconocibles.

Su conciencia divagaba, perdida en una oscuridad infinita. Era un punto diminuto en el alba de la creación, observando el nacimiento y muerte de nebulosas y galaxias, sintiendo las primeras corrientes del universo.

Cada parte de su cuerpo «músculos, venas y huesos» bebía de esa energía. Las células estallaban y se reformaban, brillando con una intensidad renovada, como si su ser estuviera siendo redibujado con líneas de luz.

Dentro de él, su Energía Celestial del Caos reconoció un soberano. Se sometió de inmediato y se fusionó, hinchándose con una prestada majestad.

Los cinco elementos, la Esencia Verdadera de Fuego Terrestre e incluso el orgulloso linaje del Dragón Dorado, que se habían mantenido distantes, fueron forzados a converger por la presión absoluta del caos, cediendo sus barreras con ansiedad.

Bajo este torrente, la Estrella del Origen de Cuatro Colores no se hizo añicos, sino que absorbió la energía. Su resplandor se intensificó hasta que los cuatro colores originales se volvieron velos translúcidos. El color se desvaneció, dejando un gris difuso que no era ni luz ni sombra. En su interior, capas de runas y corrientes cambiantes anunciaban la formación de un Mundo del Caos de bolsillo.

El baluarte de su cultivo, que había sido su sustento durante tanto tiempo, se hizo añicos como papel mojado ante la acometida.

Ascendió al Nivel Seis del Reino del Inmortal Celestial.

El ímpetu lo impulsó a través de las primeras etapas del reino y directamente a su fase intermedia.

La presión se intensificó, forzándolo a abrir de golpe la fase avanzada.

Un último rugido en sus venas lo propulsó hasta el umbral del séptimo nivel del Reino Celestial Inmortal.

Finalmente, la oleada menguó, dejándolo en el primer escalón del reino: el Nivel Siete, aún incipiente, pero ya vasto.

No obstante, percibió que esto era solo una medida superficial: números en un registro, no el verdadero milagro.

La auténtica transformación susurraba más profundamente, reescribiendo la esencia de su vida, su poder, su comprensión del gran camino.

El tiempo perdió su significado.

Cuando recobró la conciencia, el brillo de la Semilla de la Fuente del Caos se había replegado y desvanecido en su médula.

Las grietas de luz que danzaban sobre su piel se apagaron y se esfumaron, como la espuma de la marea al retirarse.

Permaneció quieto, con los ojos cerrados, como si estuviera atento a ecos que solo él podía oír.

Algo en el aire a su alrededor había mutado.

La intensidad que antes anunciaba cada ambición se ocultaba ahora bajo una serenidad abisal.

Donde antes relucía la agudeza, ahora se acumulaba la quietud, asemejándose a un estanque insondable que no reflejaba nada.

Su piel, ahora tan translúcida como el jade, emitía un brillo sutil, con hilos cambiantes de luz gris que serpenteaban bajo la superficie. El ardiente tatuaje de los cinco elementos que adornaba el dorso de su mano había desaparecido. En su lugar, un vórtice casi invisible giraba en su palma, el caos destilado hasta su firma más esencial.

Aunque no soplaba ninguna brisa, las puntas de su cabello oscuro se alzaban, como arrastradas por una marea invisible que surgía de su cuero cabelludo.

Abrió los ojos. Por un instante fugaz, sus pupilas reflejaron galaxias encendiéndose, mundos colapsando, el amanecer y el apocalipsis persiguiéndose mutuamente; luego, todo se desvaneció, dejando solo un negro tranquilo y abisal.

Apretó los dedos en un puño flojo. Sin necesidad de recurrir a la fuerza espiritual, el aire circundante se estremeció, y el suelo de piedra emitió un zumbido metálico y sordo, como si el espacio mismo luchara por soportar su peso.

En su interior, la recién forjada Estrella del Caos giraba con una dignidad pausada. Cada rotación liberaba una marea de poder tan inmensa que parecía invulnerable a la discordia, un círculo perfecto que absorbía cada onda dispersa.

Las fuerzas del caos, los Cinco Elementos, la tierra, el fuego y la esencia del dragón dorado ya no se disputaban su espacio interior; se superponían como paneles de cristal transparente, sin fisuras, obedientes, completamente bajo su dominio. Una plenitud desconocida presionaba contra su piel desde dentro, como si sus huesos hubieran sido reemplazados por algo más brillante y de un peligro infinitamente mayor.

Un suspiro grave y sostenido se escapó de sus labios, liberando el último crepitar estático de su transformación. El vapor que exhaló brillaba con tenues motas de caos grisáceo que flotaron brevemente antes de disolverse y desaparecer.

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