Un débil pulso parpadeó en la Estrella Origen de Ilusión, en lo más profundo de su reino privado, respondiendo a la escena que tenía ante sí.
Tras un latido, negó con la cabeza.
—Esta es real.
—¡Gracias al vacío! —exclamó el Señor Demonio, con el alivio resonando en su áspera voz.
—El Ojo del Retorno al Vacío realmente esconde un mundo —dijo, respirando hondo con calma—. Pero está en silencio… tan silencioso que me duelen los oídos.
Jaime asintió, sintiendo la misma punzada de inquietud. La belleza era engañosa: las grullas carecían de brillo en los ojos y los ciervos se movían con una rigidez mecánica, como si fueran de cuerda. Debajo de toda esa apariencia, él podía sentir un campo vasto, casi imperceptible, que lo abarcaba todo, cielo y tierra; era en parte una prisión y en parte un código de reglas. Jaime sacó de nuevo el Talismán Guía de su manga. En lugar de indicar una dirección, este palpitaba con intensidad febril. Sus runas cambiantes destellaban, respondiendo a algo presente en el valle.
—El santuario debe de estar escondido más adentro de este paraíso de flores de durazno. Mantente alerta: aquí nada es lo que parece.
Guardó el talismán en el bolsillo, empuñó la Espada Matadragones y continuó, siguiendo el curso de agua que se adentraba en el corazón de la arboleda.
El Señor Demonio Bermellón lo seguía de cerca. Sus sentidos demoníacos estaban en alerta máxima, escudriñando cada sombra en busca de amenazas ocultas.
Al principio, el camino parecía normal: no había emboscadas ni alteraciones en el aire, solo un paisaje tan impecable que parecía irreal.
Junto a unas rocas, unas hierbas de aspecto antiguo brillaban, saturadas con la esencia del entorno. Jaime las recolectó con movimientos cautelosos y precisos.
Ante ellos se alzaba un bosquecillo de bambú, con hojas de un verde intenso y troncos tan pulidos como el cristal. Ambos se detuvieron en su límite.
Este era el lugar exacto donde la Secta del Manantial Fantasma había sufrido un ataque el día anterior.
En aquella ocasión, los atacantes habían sido apenas una sombra, una sugerencia, no el verdadero Ojo del Retorno al Vacío.
A pesar de saberlo, la inquietud se apoderó de Jaime.
—Jaime, dime que no nos espera la misma bienvenida.
—Es poco probable. Esto no es una ilusión; es el Ojo auténtico. Si…
Una explosión atronadora interrumpió sus palabras, haciendo que la visión se tambaleara. Todo a su alrededor se arrugó y se desprendió: el bambú y la verde ladera de la montaña se desvanecieron. En su lugar, apareció de repente una luz estelar infinita, y bajo sus botas se extendía una llanura de meteoritos, fría y dura como el hierro. El silencio lo invadió; asteroides rotos flotaban cerca, mientras que, más lejos, soles distantes parpadeaban como ojos.
—¿Una ilusión? —murmuró el Señor Demonio.
Para comprobarlo, asestó un zarpazo; una piedra flotante se hizo añicos, y los fragmentos rebotaron contra las botas de Jaime: sólidos, innegables.
—No es solo un espejismo —dijo Jaime con voz ronca.
Las venas de poder que normalmente surcaban el cielo eran tenues, y su propia energía se arrastraba como arena mojada.
—Parece un desplazamiento… el dominio de alguien. Nos han arrastrado a un espacio de prueba especial.
Si la situación fuera un simple engaño, su dominio de la Esencia de la Ilusión habría activado una alerta. Pero no hubo reacción.
La única conclusión posible era que un mecanismo oculto los había arrastrado de repente a ambos a un bolsillo de realidad diferente. Tal vez este bolsillo se superponía con el Ojo, como dos estancias que comparten brevemente una pared antes de que una ceda y la otra se revele.
Puntos plateados flotaban en la oscuridad, atrayéndose entre sí como si un imán oculto se hubiera activado. Jaime sintió un escalofrío antes de que su mente pudiera encontrar una explicación.
En medio del resplandor fluctuante, tres siluetas cobraron forma, aún sin rasgos definidos. Al instante, la neblina se dispersó.
Vestían túnicas de cáñamo áspero, ceñidas a la cintura, con el cabello recogido en un moño alto, idénticas a las representaciones de sabios olvidados en antiguos pergaminos. Sus rostros se negaban a definirse, como si el firmamento mismo les impidiera elegir una forma única. No portaban espadas.
Permanecían perfectamente inmóviles, pero los pulmones de Jaime se contrajeron, sintiendo como si todo el cielo nocturno se hubiera posado sobre su pecho.
¿Eran estas meras imágenes residuales dejadas por los Antiguos Refinadores de Energía, o se trataba de un amuleto secreto que por fin mostraba su verdadero poder?

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