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El despertar del Dragón (Jaime Casas) romance Capítulo 5966

El nombre «Ojo del Retorno al Vacío» se formó en su lengua, a medio camino entre un susurro y una maldición.

—Parece que el único camino atraviesa directamente ese tramo tortuoso —dijo tras dejar que su mirada recorriera los bordes temblorosos del vórtice.

El Señor Demonio Bermellón gruñó por encima del hombro de Jaime.

—¿Y ahora qué? —insistió con impaciencia—. ¿Simplemente entramos a la fuerza?

El demonio dirigió una mirada cargada de ira a la luz fluctuante que tenían delante.

—Si no hubiera destripado a esos dos exploradores, quizás sabríamos algo útil —murmuró para sí mismo.

A pesar de que el sudor ya le salaba los labios, Jaime mantuvo la voz firme:

—Demasiado tarde para lamentarse. Además, con su fuerza, nunca habrían podido cruzar este pliegue. El paraíso que vimos era solo un hechizo de espejismo; si los hubiéramos seguido, aún estaríamos vagando por él.

Las alas del demonio se agitaron, impacientes.

—Entonces, ¿cuál es el plan ahora? —espetó.

Jaime dejó pasar tres latidos antes de responder.

—No vamos a usar la fuerza bruta. Ese campo está creado por un orden superior. Si cargamos contra él, o nos hará pedazos o nos escupirá a algún lugar que no nos gustará.

Su mirada se posó en el caos hasta que una losa de piedra morada oscura capturó su atención, deslizándose lentamente entre las corrientes.

La piedra estaba surcada por vetas que recordaban los caminos de un rompecabezas.

Mientras rodaba, estas marcas emitían un zumbido, tejiendo breves y silenciosos remansos en el aire circundante.

Era un ancla, rudimentaria, pero un ancla, al fin y al cabo.

La esperanza se hizo sentir con fuerza en su pecho.

—Lo tengo —dijo.

Sus ojos se iluminaron.

—¿Ves las piedras con esas vetas estabilizadoras? La calidad es baja, pero la cantidad no. Podemos convertirlas en aliadas.

El demonio arqueó una ceja.

—¿Y cuál es el truco? —preguntó.

Jaime juntó dos dedos.

—Una formación.

—Colocamos las Piedras Estabilizadoras del Espacio como puntos de referencia —explicó, acelerando el tono de voz—. Luego tejo un conjunto temporal con mi poder de los cinco elementos; nada sofisticado, solo un conjunto mini de transposición protectora contra el viento. No hace falta que lo bloquee todo —continuó—. Lo único que necesitamos es que se mantenga activo unos instantes para lanzarnos directamente al ojo de ese remolino.

El demonio no era un experto en conjuntos, pero la sonrisa que le iluminaba el rostro indicaba que lo había entendido perfectamente.

—No paras de inventarte nuevos juegos —se rio—. Vale, yo acarrearé rocas y repeleré cualquier viento que intente morder.

Jaime asintió con brusquedad y la acción fue inmediata.

Ambos hombres se separaron, lanzándose con determinación en direcciones opuestas para cortar el caótico aire.

Detrás de Bermellón, una imponente silueta demoníaca se desplegó, deslizándose como un tiburón entre juncos afilados, arrancando rocas a su paso. A veces, dejaba que el viento astral le arañara los brazos, abriendo surcos sangrientos, con tal de asegurar su obstinado objetivo.

Mientras tanto, Jaime saltaba de roca en roca. Sus dedos echaban chispas al dibujar runas temporales en cada superficie. Presionaba su dedo índice contra la fría piedra, como si fuese el último lápiz del universo, y la Energía Celestial del Caos, oscura y viscosa, se filtraba para esbozar una sucesión de sigilos de los cinco elementos y de bloqueo espacial. Cada uno de estos sellos aseguraba una franja de espacio, tejiendo el aire caótico en algo que casi parecía estable.

El entorno rugía: corrientes deshilachadas y chispas salvajes perturbaban constantemente su concentración. Sentía que su pensamiento se deshilachaba; un trazo fuera de lugar y el grabado implosionaría, con la fuerza suficiente para morder a través del hueso y el alma.

En dos ocasiones, un nudo ondulante de energía salvaje se abalanzó desde la bruma; en otra, una grieta invisible se abrió donde solo había penumbra. Cada amenaza fue interceptada, ya fuera por la garra o el urgente tirón del Señor Demonio Bermellón, salvando a Jaime por los pelos.

Sin embargo, una rendija de vacío, silenciosa como el arrepentimiento, se deslizó tan cerca que le rozó la nuca. El resplandor protector se rasgó, un dolor agudo lo invadió, la carne se separó hasta el hueso. La podredumbre espacial se arremolinó en la herida, y sangre caliente empapó su túnica.

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