La mujer miró al bebé que tenía en brazos: rosado, suave, pequeño. Sus ojos se llenaron de alegría y sonrió.
—¿Es mi hija? Maravilloso… A partir de ahora, serás la heredera de la Familia Bennett.
«¿Familia Bennett? ¿Heredera?».
La conciencia de Lauren se despertó en ese momento, justo a tiempo para escuchar esas palabras. Sus ojos se abrieron de golpe. Lo primero que vio fue a Alice: más cerca que nunca, sonriente. Aunque parecía agotada, Alice seguía siendo juvenil, vibrante. No más de veintitantos. Más joven de lo que Lauren la recordaba.
«¿No he muerto? ¿Por qué estoy viendo a Alice? ¿Por qué parece tan joven…?».
La mente de Lauren zumbaba, un zumbido bajo y agudo en su cráneo. Todo esto parecía surrealista, incluso absurdo. Y, sin embargo, todo era demasiado real. El aroma estéril del desinfectante llenaba el aire. Las enfermeras se movían rápido en su borroso campo de visión. Las máquinas pitaban a un ritmo constante. Era real, todo. Había vuelto a nacer.
Sus pensamientos se quedaron en blanco. Se quedó mirando a Alice. En la cama del hospital, Alice se incorporó y se inclinó hacia ella, depositando un beso en la mejilla de Lauren. Las pupilas de Lauren se dilataron.
«¿Alice acaba de besarme?».
En su vida pasada, durante aquellos infernales tres años en la Familia Bennett, ni una sola vez soñó con tanta ternura. Ni siquiera se atrevió a esperar que Alice pudiera abrazarla, y mucho menos a besarla con afecto. Y ahora, en esta nueva vida, descubrió algo que nunca supo: Una vez la habían buscado.
Alice la había amado. El día que nació, su madre la había besado con plena alegría. Este bebé cargado durante diez largos meses había sido muy querido. Pero tras su desaparición, ese amor se había erosionado. El tiempo lo había desgastado hasta no dejar ni rastro.
«Así que una vez me amaron».
Perdida en sus pensamientos, Lauren ni siquiera se dio cuenta de que las enfermeras la habían sacado de la sala de partos y la habían llevado al pasillo junto a Alice. Fue entonces cuando vio a David, la escoria de la tierra. Estaba junto a Alice, actuando como un marido cariñoso, controlándola, alborotándola, hablándole con suavidad.
Lauren sabía que no era así. Este era el hombre que había abandonado a su hija sin pensárselo dos veces y que un día intentaría arrancarle un riñón del cuerpo. Aunque todo eso perteneciera a su vida anterior, aunque ya se hubiera vengado, el mero hecho de verlo de nuevo le hacía hervir la sangre.
«Te odio. Siempre te odiaré».

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El camino de venganza de la heredera rota
Me da error al desbloquear los capítulos...