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El camino de venganza de la heredera rota romance Capítulo 334

Elliot apretó los puños, con voz ronca y furiosa.

—Félix, no juegues conmigo. He venido a ver a Lauren, ¿por qué demonios me traes a un cementerio?

El auto se detuvo y Félix salió con un ramo de flores frescas, Nancy lo siguió en silencio. Ni siquiera miraron a Elliot, solo se adelantaron. Elliot tropezó tras ellos, con la mente en caos, negándose a aceptar lo que cada vez era más evidente.

—No… Esto no puede ser… Lo estoy pensando demasiado. Lauren no puede estar… No puede haberle pasado nada… —murmuró con la voz temblorosa.

Sentía las piernas de plomo. Cada paso era una agonía. Aun así, se obligó a seguir.

—Esto no es real. No puede serlo…

En el cementerio reinaba un silencio sepulcral. Solo sus pasos resonaban en el camino de piedra. Félix y Nancy se detuvieron ante una pequeña lápida. Juntos se arrodillaron y colocaron las flores ante ella.

—Hola, mamá. Papá y yo vinimos a visitarte —susurró Nancy.

El paso de Elliot se ralentizó. Se acercó con cautela, y entonces lo vio. Tallado en la piedra blanca.

«Amada Esposa. Lauren».

Todo en su interior se hizo añicos. Su grito perforó el silencio.

—¡No! ¡Esto no puede ser real! ¡Estás mintiendo! ¡Ella estaba bien cuando fui a prisión! Es imposible que esté muerta.

Sus lágrimas brotaron con violencia, imparables, y todo su cuerpo tembló. Félix lo miró, tranquilo y frío.

—Hoy es el décimo aniversario de su muerte.

«¿Diez años? ¿Lauren lleva diez años muerta? Eso significaba… ¿Que ella murió justo después de que me enviaran a prisión?».

Con voz entrecortada, gritó:

—No te creo. Haces esto para castigarme, para hacerme sufrir. ¡Estás mintiendo, Félix! Si dices que Lauren está muerta una vez más, juro que…

El rostro de Nancy se retorció de furia, y dando un paso adelante gritó:

—¡Cállate! ¡No puedes hablar así de mi padre! Tú y toda tu familia son la razón por la que mi madre está muerta. Te odio.

La mente de Elliot se quedó en blanco.

Con una tos violenta, Elliot escupió sangre. Intentó levantarse, pero sus miembros no respondían. Volvió a desplomarse, con el cuerpo flácido e inútil. Miró la lápida con los ojos llorosos e hinchados. La foto de Lauren le devolvió la mirada, era suave, amable y sonriente.

Como una cuchilla atravesándole el pecho, le dolía tanto que no podía respirar. Otra bocanada de sangre brotó de sus labios, salpicando la base de la lápida. Félix frunció el ceño, asqueado. Nancy no dudó, empujó a Elliot con fuerza.

—No la toques. La estás ensuciando.

Sacó un pañuelo del bolsillo y limpió la sangre del mármol. Aunque no era más que una niña, la forma en que miraba la lápida estaba llena de reverencia, como si guardara algo sagrado. Sus pequeñas manos se movían con cariño, tratando aquel espacio como si fuera lo más preciado del mundo.

Elliot la miró, con los ojos inyectados en sangre y vacíos. Se volvió hacia Félix, y con la voz temblorosa dijo

—Tú… Le contaste todo, ¿verdad?

Félix lo miró, con ojos fríos.

—Lo hice.

La furia se encendió en el rostro de Elliot.

—¡Es solo una niña! ¿Cómo pudiste decirle todo eso? ¿Cómo pudiste echarle todo ese dolor sobre los hombros?

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