Elliot se arrodilló bajo la lluvia, no le importaba lo lamentable que pareciera, Lauren nunca vino. El cielo se oscureció y la intensa lluvia empezó a amainar hasta convertirse en una ligera llovizna.
En ese momento, un elegante Rolls-Royce negro se detuvo a las puertas de la casa. Félix salió vestido con un impecable traje negro. A sus casi cuarenta años, su aspecto era aún más imponente que hace una década. De rasgos afilados, tranquilo y frío, tenía el tipo de presencia que hacía que la gente evitara mirarlo a los ojos.
En cuanto Elliot lo vio, se levantó del suelo. Después de tanto tiempo arrodillado, las piernas se le doblaron. Se tambaleó hacia delante y apenas pudo sujetarse antes de volver a caer. Sin aliento y despeinado, levantó la vista y dijo:
—Félix, ¿en dónde escondes a Lauren? Le dijiste que no me viera, ¿verdad? Te lo advierto, soy el hermano de Lauren. Ella siempre se ha preocupado por mí. Si se entera de que nos separaste, se pondrá furiosa.
Félix lo miró con frialdad y le preguntó:
—¿Quieres ver a Lauren?
La voz de Elliot se quebró al responder:
—¡Sí! Tengo que verla.
—Mañana.
Eso fue todo lo que dijo Félix antes de entrar a la casa, sin dedicarle ni una mirada más. Elliot abrió la boca, dispuesto a decir algo más, pero entonces se miró. Empapado, sucio, humillado.
«No puedo verla así. Si voy a enfrentarme a Lauren, tiene que ser con dignidad».
Se dijo a sí mismo que mañana estaría mejor. Necesitaba tiempo para asearse y estar presentable. Sí, había cometido errores horribles, pero eso fue hace diez años. Sin duda el tiempo había suavizado el dolor. Había cumplido su condena. Había pagado por lo que había hecho. Lauren era amable, si alguien pudiera perdonarlo sería ella.
Aferrándose a esa frágil esperanza, Elliot abandonó la Residencia Brooker. Esa noche apenas durmió. Su mente repetía cada momento, cada cosa cruel que había dicho, cada oportunidad que había desperdiciado.
«Mañana lo haré mejor. Le haré ver cuánto lo lamento, haré que me perdone. Tiene el corazón blando, lo entenderá. Después de todo, fui a la cárcel. Yo también he sufrido».
Al amanecer, Elliot ya estaba vestido. Se puso un traje recién planchado, se anudó bien la corbata e incluso se echó un poco de loción. Se miró en el espejo y respiró hondo.

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