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El camino de venganza de la heredera rota romance Capítulo 326

Por aquel entonces, se había desentendido de sus cinco años de cárcel como si nada. Pero ahora, tras perder su propia libertad, Elliot entendía por fin cómo se sentía ese tipo de tormento asfixiante. Levantó la vista, la calle, los árboles, el cielo, todo tenía el mismo aspecto de siempre. Sin embargo, todo le parecía sombrío y vacío.

Recordó cómo, años atrás, se había quedado afuera de esta misma prisión, esperando a Lauren con una sonrisa de suficiencia. Pero ahora, al salir, no había nadie esperándolo, las puertas se habían abierto al vacío. El frío viento de la soledad sopló directo a su pecho.

Elliot deambulaba por la carretera como un sonámbulo, arrastrando los pies, caminando de manera inconsciente a donde solía estar su hogar. Sin darse cuenta, llegó a un cruce, el semáforo se puso en rojo y se detuvo. Su mirada se desvió.

Un elegante Rolls-Royce negro pasó despacio. A través de la ventanilla tintada, vislumbró a una adolescente vestida con el uniforme del instituto Hoverdale. Tenía una coleta alta y la piel suave y pálida. Todavía tenía un toque de grasa infantil en las mejillas. Tenía los ojos muy abiertos y su rostro brillaba con energía juvenil.

Era guapa, pero lo que llamó la atención de Elliot no fue su belleza. Era el hecho de que era igual a Lauren. Sus pupilas se contrajeron y comenzó a correr, gritando:

—¡Lauren!

El auto se alejó antes de que pudiera acercarse. Elliot se detuvo, sin aliento, y soltó una carcajada amarga.

—¿En qué estaba pensando?

Lauren tenía veintitrés años cuando la encerraron en la prisión. Habían pasado diez años, ahora tendría treinta y tres. Era imposible que pareciera tan joven. Esa chica no podía tener más de doce o trece años. Adentro del auto, Nancy miró por el retrovisor y frunció el ceño.

—Papá, ese hombre de ahí atrás… Creo que estaba persiguiendo el auto. Incluso gritó el nombre de mamá.

Los ojos de Félix se entrecerraron un poco, con un destello peligroso en su mirada.

Adentro, la casa era como la recordaba, pero de alguna manera, muy diferente. Nada se había movido; los muebles, los adornos, todo estaba en su sitio. Aunque, todo estaba cubierto de una gruesa capa de polvo. Hace diez años, este lugar había estado impecable. Ahora era un cementerio. Murmuró:

—¿Dónde está todo el mundo? ¿Dónde está mamá? ¿Papá? ¿Lauren?

Su voz rebotó en las paredes, sin respuesta. Caminó por la casa, asimilándolo todo. Cada habitación era un monumento a una vida que ya no existía. La habitación de sus padres aún conservaba sus cosas, pero ahora cubiertas de polvo. Su propia habitación, también congelada en el tiempo, pero desconocida.

Por fin, se encontró afuera de lo que antes fue la habitación de Lauren, el almacén. Recordó la última vez que había estado ahí, viendo sus premios, su carta de aceptación de la Universidad. Ese día, la culpa lo había abrumado, había vomitado sangre. Había visto el diario que ella había dejado, pero no se había atrevido a abrirlo, no había tenido fuerzas.

Ahora, diez años después, todo en el almacén estaba igual; la cama plegable, el viejo escritorio, los rincones desordenados y llenos de cosas olvidadas. Congelado en el tiempo, como la escena de un crimen que nadie había tocado.

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