Se acercó al escritorio y abrió el cajón, el diario seguía allí guardado. Elliot lo tomó y se sentó en la vieja cama plegable, pasando a la primera página. El papel estaba amarillo por el tiempo, pero la letra seguía siendo clara. Sus dedos rozaron la página, como si tratara de sentir lo que Lauren debió de sentir cuando escribió aquellas palabras por primera vez.
«12 de junio de 2007. Viernes. Soleado».
«Ahora tengo una mamá y un papá, y un hermano super guapo que es director general. Hoy vinieron al orfanato y me trajeron a casa. Antes nadie me quería, pero ahora soy la verdadera hija de la Familia Bennett. Siento como si estuviera soñando. Desde que tengo uso de razón, siempre he deseado tener padres, nunca pensé que mi deseo se haría realidad. Mi padre es alto y digno. Aunque es mayor, sigue siendo muy guapo, como uno de esos tipos mayores con clase de las películas. Mi madre es elegante y preciosa, con una figura de esas que solo se ven en las revistas, se viste muy bien, es despampanante y rica. Y mi hermano heredó todo lo bueno de ellos, es perfecto. Me siento muy afortunada de formar parte de la Familia Bennett».
La mente de Elliot divagaba. La escena de aquel día llegó a su memoria, demasiado vívida; la luz del sol cayendo a raudales, el auto entrando en el patio del orfanato, Lauren de pie junto a la entrada, nerviosa, llevaba una camisa vieja desteñida y el cabello revuelto. Su expresión era tímida, pero llena de esperanza. Elliot recordó cómo había fruncido el ceño al verla. El desdén en su voz.
—Es tan bajita, y parece enfermiza. ¿Están seguros de que pertenece a nuestra familia? Parece muy pobre. No veo el parecido.
Ni siquiera había intentado ser sutil. Lo había dicho lo bastante alto para que ella lo escuchara, a propósito. Solo para ponerla en su lugar. Se puso roja en un instante. Se había mirado los zapatos, helada e impotente.
No discutió, no dio explicaciones, solo los siguió en silencio hasta el auto. Durante todo el trayecto de vuelta a casa, permaneció sentada, rígida como una tabla, como si temiera que incluso respirar demasiado fuerte volviera a enfurecerlo. Más tarde, se paró frente a su mansión, contemplándola con los ojos muy abiertos.
—¿Ahora este es mi hogar? ¿Puedo vivir en un lugar como este? Mamá, papá, hermano, me siento tan afortunada. Es como si estuviera soñando.
Se burló de su entusiasmo.

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