Justo cuando las palabras salían de su boca, Félix se paralizó.
—No… Todavía no. —Se volvió hacia Gael—. ¿Parezco un desastre ahora? La asustaré así. Primero tengo que ducharme y luego iré a verla.
La emoción se apoderó de él y se obligó a ponerse en pie. Aunque seguía débil, sus ojos brillaban ahora con algo perdido hacía mucho tiempo. Saber que Lauren y él tenían un hijo era como si alguien le hubiera devuelto la vida.
—Señor, su cuerpo está demasiado débil. ¿Tal vez debería ir yo solo?
—No. Tengo que ir yo mismo.
El tono de Félix no dejaba lugar a discusión. Se tambaleó hacia el baño.
Treinta minutos después, salió. Se había lavado la pena que se le había pegado como una segunda piel. Llevaba una camisa impecable, el cabello bien peinado y había recuperado la fría elegancia del heredero de los Brooker. Estaba más delgado que antes, y algo triste seguía aferrado a su rostro como una sombra.
En el auto, Félix se sentó rígido en el asiento del copiloto, con los dedos agarrando el reposabrazos con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Su mirada estaba fija hacia adelante, como si su concentración pudiera hacer que el auto se moviera más rápido.
—Señor, no se preocupe. La niña estará bien. Estoy seguro de ello —dijo Gael mientras conducía.
Félix no respondió. En su mente seguía apareciendo el rostro de Lauren, junto con la hija que nunca había conocido. Intentó imaginarse su aspecto. Cómo sonaría su voz cuando le llamara «papi».
«Si Lauren estuviera viva, tendríamos una familia de verdad».
El auto se detuvo, Félix y Gael salieron y llamaron a la puerta de la casa de Josh. Gael golpeó dos veces, y esperó. No hubo respuesta. Frunció el ceño y llamó con más fuerza.
—¿Josh? ¿Estás en casa? —Nadie respondió. Miró a Félix—. Señor, creo que no está.
La expresión de Félix se ensombreció. Desde la muerte de Mia, Josh no había vuelto al trabajo, nadie sabía lo que estaba haciendo. Félix respiró hondo, tratando de mantener la calma, pero la creciente ansiedad en su pecho era difícil de ignorar. Golpeó la puerta.
—Josh. ¡Abre!
Sin respuesta. Félix se inclinó hacia delante y se desplomó contra la fría pared. Su cuerpo temblaba por el esfuerzo. Gael se apresuró a sujetarle.
—Señor, ¿está bien?
—Estoy bien —dijo Félix, aunque su voz era débil.
Mantenía los ojos fijos en la puerta. Gael sugirió:
—Tal vez deberíamos esperar en el auto. Josh podría volver pronto.

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