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El camino de venganza de la heredera rota romance Capítulo 194

Alice gritó con todas sus fuerzas, con la voz desgarrada por el dolor.

—¿Qué hice mal? ¿Por qué me haces esto? ¿Treinta años de amor no significaron nada para ti?

David estaba indefenso. Su pierna, que aún se estaba recuperando de cuando Josh se la rompió por segunda vez, lo dejaba vulnerable. Apenas podía protegerse cuando Alice se abalanzó sobre él con todas sus fuerzas. No había lucha en él, solo una defensa desesperada. Agitó los brazos, tratando de bloquear sus golpes.

—Alice, ¡detente! —gritó una y otra vez, con el pánico creciendo.

Ella no lo escuchaba, no podía. Su rabia se había apoderado de ella. Se abalanzó sobre su garganta y la rodeó con ambas manos, presionando con los dedos con tanta fuerza que sus nudillos parecían huesos.

—No mereces vivir, eres un demonio. ¡Te mataré! —gritó.

Tenía los ojos ardiendo de un odio tan profundo que parecía que pudiera devorarlo viva. David jadeó y trató de arrancarle las manos, pero su agarre era como el acero, no las soltaba. Sus ojos se le pusieron en blanco, se le salió la lengua de la boca y su rostro se retorció de pánico y dolor.

Se agitó, buscando cualquier cosa, mientras su cuerpo se retorcía en la cama. Sus piernas pataleaban y se retorcían por el dolor y la falta de oxígeno. Las sábanas estaban rotas y arrugadas debajo de él, arremolinadas por el caos de sus miembros agitados.

Afuera de la habitación del hospital, Lauren se quedó quieta, observando el caos del interior a través del cristal. Su expresión era gélida e indescifrable. Solía pensar que Alice era alguien que soportaría la traición en silencio. Una mujer con demasiada elegancia para arremeter. Alguien que perdonaba, incluso cuando no debía.

Sin embargo, esta venganza cruda y desquiciada contaba una historia diferente. Alice no era pasiva, no estaba tranquila, no cuando le habían arrebatado todo aquello en lo que creía. Por fin había perdido los estribos. Lauren soltó una risa silenciosa. Su rostro permaneció impasible, con solo un toque de ironía en su expresión.

«Nadie siente en realidad el dolor hasta que te toca. Hasta entonces, no entienden. No les importa. Bueno, yo no me sentí mal. Para nada».

Se quedó allí como una extraña, como si lo que estaba sucediendo al otro lado del cristal no tuviera nada que ver con ella. A Alice nunca le había faltado comodidad, siempre tuvo dinero, seguridad y tranquilidad. Lo que anhelaba, lo que más apreciaba, era el amor. Amor genuino, puro. Pero, en un abrir y cerrar de ojos, ese amor le había sido arrebatado. Todo lo que le importaba se había ido y eso la destrozó.

Ahora estaba consumida por la rabia. Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del cuello de David como un tornillo de banco, negándose a soltarlo. Como si necesitara sentir cómo se le escapaba para compensar todo lo que él le había quitado. David estaba a punto de desmayarse, agitando las manos impotente mientras Alice le quitaba la vida.

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