La sonrisa de David era monstruosa, amplia y torcida, como si algo oscuro y venenoso se arrastrara justo debajo de la superficie de su piel.
—Cada vez que tenía que dormir a tu lado, quería vomitar. ¿Y cuando teníamos sexo? Te quedabas ahí recostada como un pez muerto. Sin emoción, sin chispa. ¿De verdad piensas que podrías competir con Sharon? Por favor. Ni siquiera estás en la misma liga. Ni siquiera podrías llevar su bolso. ¿Y sabes qué? Nunca te amé, ni siquiera por un segundo. Si tu familia no hubiera sido rica, no te hubiera tocado ni con un palo de tres metros. Por suerte para mí, fuiste tan estúpida como para caer en la trampa. Así es como tomé el control de Corporación Pierce. Y una vez que salga de aquí, me iré del país con la mujer a la que amo de verdad y nuestros hijos. No puedes hacer nada para detenerme.
Giró la cabeza con aire de suficiencia, deleitándose en su propia inmundicia como si fuera una especie de retorcida victoria. Se echó a reír, balanceándose hacia adelante y hacia atrás, con todo el cuerpo temblando. Los cortes de su rostro se movían con cada sacudida, como un nido de insectos retorcidos y vivos que se arrastraban por su piel, espantosos, grotescos y orgullosos de ello.
Las burlas de David golpeaban como cuchillos, cada palabra cortando más profundo que la anterior. Para Alice, no era solo traición, era aniquilación. Y entonces, algo se rompió. Una oleada de adrenalina pura la atravesó, arrancándole el dolor de la pierna, del ojo, de todo. Lo único que quedó fue furia.
Su respiración se volvió fuerte y entrecortada, cada inhalación era una advertencia. Su pecho se agitó. Sus manos se golpearon contra el suelo en busca de equilibrio, los músculos se tensaron, las venas se hincharon mientras se empujaba hacia arriba. Sus dedos se cerraron en puños y las venas bajo su piel palpitaban con una energía cruda y creciente.
Al otro lado de la habitación, la salvaje risa de David llenó el aire, hasta que dejó de hacerlo. La vio levantarse y el sonido se le quedó atragantado. Su sonrisa se desmoronó en un instante. Sus ojos se abrieron como platos, la incredulidad grabada en cada línea de su rostro. Era la mirada de un hombre que acababa de darse cuenta de que su peor pesadilla no había terminado, sino que acababa de empezar.
El rostro de Alice se había transformado en algo monstruoso. Cada centímetro de su cuerpo estaba distorsionado por la rabia. La mujer suave y elegante que una vez fue había desaparecido; ahora parecía una pesadilla. Sus labios se torcieron, sus dientes se apretaron con tanta fuerza que castañearon, y los músculos de su rostro se sacudieron y se crisparon como si estuviera poseída.
—Eres una asquerosa basura. Te mataré —gruñó.
Tenía la voz desgarrada por la furia, mientras se abalanzaba sobre David. No lo dudó. Impulsada por la rabia y la adrenalina, le arrancó el cuchillo de la mano como si no fuera nada. Entonces, llegó la primera puñalada, y el grito de David desgarró el aire como una sirena. La sangre brotó de su ingle, oscura y rápida.
Alice no había terminado, se perdió en ello. El cuchillo no paraba de moverse; arriba, abajo, otra vez, otra vez. Cada puñalada era más frenética que la anterior. La sangre salpicaba en todas direcciones, en su rostro, sus brazos, su bata de hospital, pero ella no se daba cuenta de nada. Su concentración estaba fija.
—¿Quieres hacer trampa? ¿Te gusta tanto hacer trampa? ¡Adelante! ¡Haz trampa ahora!
Su voz se convirtió en una risa salvaje y maníaca. Con solo unos pocos golpes salvajes, mutiló todo lo que había entre sus piernas. El cuerpo de David se sacudió en la cama, empapado en sangre, retorciéndose de dolor insoportable. El olor metálico y penetrante se coló en el pasillo, deslizándose por el marco de la puerta.

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