A Vanessa le hirvieron las mejillas por el atrevimiento. Se mordió el labio, se puso de puntitas y le dio un beso rápido en la mejilla.
—¿Ya está bien así?
Apenas lo tocó, intentó alejarse.
Rafael abrió los ojos con sorpresa y la dureza de su mirada se desvaneció. La rodeó con sus brazos para pegarla, le sostuvo la nuca con una mano y bajó la cabeza. Su aliento cálido le rozó la cara, provocándole un escalofrío.
—¿Crees que con uno es suficiente?
Tras decir eso, se acercó más. Sus labios casi rozaban los de ella, que brillaban con un tono rosado, y sus respiraciones se mezclaron. La observaba con una intensidad parecida a la de un cazador que por fin tiene a su presa de frente.
Contuvo el aliento.
Sentía la cara arder y el corazón le latía tan fuerte que pensó que se le saldría del pecho. Estaba a punto de asfixiarse cuando él la soltó. Vanessa se quedó respirando agitada, con los ojos nublados por la emoción, viéndose tan indefensa como una gatita asustada.
—¿Entonces eso es un sí? —preguntó con voz débil.
Él se contuvo, pero sonrió en la comisura de sus labios.
—Si es lo que mi esposa pide, por supuesto que lo haré.
Al escucharlo, Vanessa apartó la mirada y salió corriendo de la habitación. En ese momento sintió un calor extraño en el cuerpo, una reacción que no sabía cómo explicar.
Rafael la vio escapar y no pudo evitar soltar una carcajada ligera, aunque sus ojos se volvieron más profundos. Ella solía comportarse como una gatita salvaje que sacaba las garras, pero en el fondo era una persona dulce y fácil de herir. Su actitud rebelde no era más que una fachada para protegerse.
***
Dos días después, Vanessa llevó a Rafael a la residencia de los León.
—Abuelo.
Llevaba un vestido de tonos claros y se mantuvo de pie con las piernas juntas, mostrando respeto ante Roberto.
—Él es Rafael, de quien te hablé.
El abuelo miró al invitado y asintió con una sonrisa de satisfacción.
—Muy bien, se ve que es un buen muchacho.
Rafael se veía impecable, con un aura de elegancia y mucha seguridad. Se portó muy educado.
—Señor, le traigo unos presentes.
Ricardo entró con los regalos, los acomodó en la mesa principal y se retiró. En un momento, el mueble se llenó de canastas con suplementos de lujo y botellas de vino de reserva. Era obvio que se habían esforzado en elegir cada detalle.
Don Roberto, que vestía un traje de color rojo oscuro, rio con ganas.
—Ahora que te casaste con mi nieta ya eres de la familia, no tienes que ser tan formal.
—Es lo mínimo que puedo hacer, el respeto es importante —respondió Rafael con mucha clase.
Al abuelo le bastó un vistazo para saber que su nieta no se había equivocado esta vez. Años atrás, cuando Francisco León estaba muy enfermo, temía que su hija se quedara sola. Se la encargó a su gran amigo y socio, Édgar Cisneros, e incluso pensaron en unir a las familias.
En ese entonces ella tenía diecisiete años y acababa de empezar su noviazgo con Alexis. Antes de morir, su padre le pidió que se quedara con él y Alexis le prometió que la cuidaría siempre. Quién diría que el compromiso se mantendría, pero con el hermano mayor.
—Ve a la capilla a prenderles una veladora a tu abuela y a tus padres —ordenó el abuelo—. Quiero hablar a solas con Rafael.
Ella lo miró con duda y no se movió. Sabía que a su abuelo le gustaba poner a la gente en aprietos. Alexis siempre le tuvo miedo y evitaba estar con él a toda costa. En los pocos días que llevaba tratando a Rafael, se había dado cuenta de que, aunque a veces era un poco sarcástico, era un hombre atento y un buen prospecto de esposo. Como se habían casado de la nada, no quería que pasara un mal rato por su culpa.
Roberto se dio cuenta y bromeó:
—¿Qué pasa? ¿Crees que me voy a comer a tu marido?
Vanessa se puso roja.


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