Capítulo 51 Los presentes comenzaron a murmurar, mientras sus miradas iban y venían entre Alexis y Natalia.
Natalia, con la cara pálida y las lágrimas rodando por sus mejillas, sollozó:
—Bianca, ¿cómo puedes humillarme asi? Quiero mucho a Alexis, pero aunque quieras defender a Vanessa, no deberías manchar mi reputación de esta manera.
—Bianca, no te pases —exclamó Alexis furioso, dirigiendo una mirada gélida a Vanessa—. Te las sabes todas, ¿no? ¿En serio crees que inventando mentiras sobre Nati voy a creerte y me voy a ablandar para perdonarte? Te digo de una vez:
esto solo hace que me decepcione más de ti.
¡Incluso podría demandar a Bianca por difamación!
En otro tiempo, esas palabras habrían desgarrado el corazón de Vanessa.
Sin embargo, hacía mucho que había decidido dejar de amarlo. Quizás, después de recibir tantos golpes, ya no sentía nada; no había ni un rastro de emoción en su corazón.
Al contrario, ahora Alexis le parecía patético.
Entre los curiosos no faltaron aquellos que recordaban los viejos rumores de la universidad y no tardaron en señalar a Vanessa.
—Yo escuché de eso en su momento. Vanessa, aprovechándose de su estatus de niña rica, se la pasaba acosando a Natalia.
—Es verdad, yo también lo sabía. Hasta decía que Natalia era una "sirvienta adoptada" y no sé qué más...
—Eso no es nada. Vanessa la veía como una rival imaginaria; decía que Natalia quería seducir a Alexis y hasta la obligó a irse del país.
—También escuché que en ese entonces, Vanessa también acosaba a otras compañeras. ¡En serio es maldita!
De pronto, la indignación estalló entre el grupo.
Vanessa se convirtió en el blanco de miradas que cortaban como dagas y de insultos que llovían sobre ella sin piedad.
El rector, con semblante solemne, dio un paso al frente para interceder por Vanessa, pidiéndoles a todos que no se dejaran llevar por rumores malintencionados.
No obstante, Karla insistió con convicción, asegurando que no existía ningún malentendido.
Vanessa observó con frialdad aquellas caras distorsionadas por el prejuicio. Recordó los cuatro años de universidad en los que tuvo que soportar intrigas, invenciones y mentiras similares.
Manteniendo la calma, enderezó la espalda.
Al ver su figura delgada y solitaria en medio de tanto ataque, a Bianca se le llenaron los ojos de lágrimas por la impotencia; se moría de ganas de abrazarla. Solo ella sabía lo que Vanessa había tenido que soportar para sobrevivir a tanta malicia durante todo ese tiempo.
Bianca apretó la mandíbula con odio:
—¡Son un grupo de idiotas que se creen cualquier estupidez que escuchan...!
Antes de que pudiera terminar, Vanessa le tomó la muñeca y dijo en voz baja:


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