Capítulo 40 El corazón de Vanessa latía cada vez más rápido.
Al ver que esa cara tan apuesta se acercaba más y más, Vanessa contuvo el aliento sin pensarlo.
Apretó las manos con nerviosismo; sentía que el corazón se le iba a salir del pecho.
Sin importar desde qué ángulo lo viera, las facciones de Rafael eran espectaculares. Se quedó mirándolo, perdida, como si el pulso se le hubiera detenido.
—Cierra los ojos —dijo Rafael con voz ronca, mientras su aliento cálido le erizaba la piel.
Vanessa obedeció y cerró los ojos, pero sintió que le faltaba el aire; casi no podía respirar.
Rafael sonrió de forma tierna y cautivadora en sus ojos.
—Tontita, respira...
La cara de Vanessa se puso roja y se obligó a tomar varias bocanadas de aire.
Con razón sentía que se ahogaba: se le había olvidado respirar.
—Continuemos...
Rafael la besó mientras deslizaba las manos por su espalda. La levantó con facilidad, cargando su cuerpo delicado y suave mientras subían las escaleras.
Por miedo a caerse, Vanessa rodeó el cuello de Rafael con sus brazos, aferrándose a él.in embargo, parecía no tener intención de soltarla; no quería que ese momento terminara.
Vanessa empezó a corresponderle, siguiendo sus indicaciones para coordinar la respiración con los besos.
A pesar de su falta de experiencia, Vanessa comenzó a seguirle el ritmo poco a poco, hasta que sus respiraciones se volvieron una sola.
Rafael la llevó hasta la habitación y la recostó con delicadeza sobre la suavidad de la cama matrimonial.
La luz tenue de la recámara bañaba la silueta de Rafael, proyectando sombras que acentuaban sus facciones perfectas. Se veía guapo y seductor, casi irreal.
Vanessa no podía apartar la mirada de él. Tenía el pulso acelerado y su mente no dejaba de repetir, una y otra vez, todo lo que acababa de pasar.
—Rafael... —murmuró ella. No podía controlar la agitación de su pecho y habló con inusual dulzura y suavidad.
Casi no parecía su propia voz.
Rafael se inclinó sobre ella desde el borde de la cama, clavando su mirada ardiente en la cara sonrojada de la joven.
Cuando levantó la mirada, sus ojos se encontraron y se perdieron el uno en el otro.
El aire parecía arder y la tensión en la habitación se volvió densa, deseosa.
—¿Estás nerviosa?

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