Capítulo 23 Al cruzarse con su mirada, Alexis sintió un escalofrío. El miedo lo invadió, como si estuviera a punto de perderla para siempre.
—Yo... —balbuceó, perdiendo la calma por un segundo.
—Me duele mucho... —chilló Natalia mientras se ladeaba, fingiendo que estaba a punto de desmayarse.
Él se agachó para sostenerla. Aprovechó para desplomarse en sus brazos y le apretó la mano con fuerza.
—¿Me voy a morir?
—Tranquila, no te va a pasar nada. Te voy a llevar con un doctor—respondió él, tratando de recuperar la compostura y olvidando su inquietud anterior.
Estaba convencido de que, en cuanto se le pasara el coraje, ella volvería de rodillas a pedirle perdón.
Cargó a Natalia y, antes de salir, se dirigió a Vanessa con un tono de decepción:
—Ponte a pensar en lo que hiciste. Cuando te des cuenta de tu error, vas y le pides perdón de rodillas a Nati. Mañana es tu cumpleaños y, si te portas bien, todavía estoy dispuesto a ir contigo al registro civil.
Dicho esto, se alejó con la joven en brazos.
No hizo ningún gesto; de hecho, la situación le parecía ridícula. "¿En serio este es el tipo al que amé por cinco años?" —Vanessa...
Rafael entró a toda prisa en la habitación del hospital. Su imponente y seria figura llenó el espacio.
Notó el desorden en el suelo, que nadie había tenido tiempo de limpiar.
Se acercó a ella con la angustia reflejada en la cara.
—¿Dónde te lastimaste?
En su expresión, usualmente calmada, se notaba una preocupación genuina. Parecía estar aterrado por lo que le hubiera pasado.
Sintió ese cariño y lo miró fijamente con sus bellos ojos.
—No te preocupes, estoy bien.
Luego, le explicó con detalle todo lo que acababa de ocurrir.
Al terminar, bromeó un poco:
—¿Qué? ¿Tanto te importo o nada más tienes miedo de "quedarte viudo" tan pronto? ¡Ay!
Rafael le dio un golpecito juguetón en la frente a modo de regaño.
—Deja de decir estupideces.
Vanessa encogió un poco los hombros y solo murmuró.
Al parecer, se había hecho ideas falsas. Por un momento pensó que él había cambiado, pero se dio cuenta de que solo habían pasado los años; esa actitud implacable seguía intacta.
—Nada mal. Al menos ya aprendiste que, para defenderte, es mejor usar algo que tengas a la mano —comentó él.
—i¿No crees que fui muy cruel por lastimar a Natalia?! —preguntó ella, sorprendida.


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