Capítulo 224 —Si no fuera por ti, maldita zorra, Alexis solo me querría a mí. No habría tenido que irme al extranjero tres años... Zorra, quisiera destruirte.
¡Paf!
Los insultos se cortaron junto con el chasquido limpio de una cachetada.
Natalia tenía la cara volteada de lado y en la mejilla se le marcaron cinco dedos rojos e hinchados.
—¡¿Cómo te atrevesa pegarme?! —gritó, incrédula.
Paf, paf...
Sin dudarlo un instante, Vanessa le dio dos cachetadas más a diestra y siniestra.
Las escenas de la noche anterior desfilaron por su mente, y también las de cinco años atrás, cuando recién entraba a la universidad: Natalia acosaba a sus compañeras y después le endosaba a ella toda la culpa.
Todo eso se transformó en rabia pura, convertida en cachetadas que llovían una tras otra.
Vanessa golpeaba con precisión con la mirada fría y decidida. Solo quería cobrar justicia por todo lo que le habían hecho.
Antes soportaba por la persona que amaba.
Ahora dejó de soportar porque decidió quererse a sí misma.
Ella era Vanessa, una señorita de buena familia y la adoración de sus padres. ¿Con qué derecho se atrevían a pisotear al tesoro de sus padres y de su abuelo?
Con esos pensamientos, cada golpe fue más contundente que el anterior, y las cachetadas caían sobre la cara de Natalia como aguacero.
Cuando se cansó de las cachetadas, agarró una raqueta de ping pong y la usó en su lugar.
Los guardaespaldas y Ricardo, que miraban desde un costado, no podían evitar arrugar la frente.
Nadie habría imaginado que la señora, que parecía tan frágil, fuera tan despiadada a la hora de pelear.
A Ricardo se le iluminaban los ojos repetidamente.
¡Lo tenía bien merecido!
Rafael relajó la frente, arqueó una ceja complacido y se puso a analizar cuál de todas las cachetadas había sido la más fuerte, la más dolorosa, la más perfecta...
Sobre la extensión vacía del mar resonaban los alaridos desgarradores de Natalia, que fueron de un inicio rabioso y lleno de energía a un final débil y aterrorizado.
No se supo cuánto tiempo duró aquello, pero Vanessa al fin se detuvo, desahogada.
Natalia tenía la cara tan hinchada que parecía irreconocible, el cuerpo desplomado sobre la cubierta, y con un susurro escupió:
—Vanessa... eres una... maldita zorra, te juro que te voy a matar.
—No te voy a dar esa oportunidad.
Vanessa aventó la raqueta, se agachó frente a Natalia y le advirtió:

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