Capítulo 221 Hizo una pausa y luego agregó:
—El mensaje que recibí diciendo que la señora había tenido un percance también lo envió Natalia.
Su intención era atraerlo a usted hasta allá.
Además, inició una transmisión en vivo para intentar exponer y mentir sobre su relación con la señora.
La mirada de Rafael se fue tornando fría, centímetro a centímetro.
—¿Dónde está?
—Por ahora ya está bajo control. Esperamos sus instrucciones —informó Ricardo.
Aunque Natalia ya había sido expulsada de la familia Cisneros, era evidente que aún mantenía todo tipo de vínculos con ellos.
Sobre todo porque seguía en contacto con Yolanda, así que él no podía actuar por su cuenta.
—Limpia todoa fondo. No quiero escuchar ni la más mínima difamación contra ella —ordenó Rafael con voz grave, tenía la cara sombría y cargada de una hostilidad brutal.
Ricardo asintió.
—Ya está resuelto. La transmisión en vivo se detectó a tiempo y no alcanzó a difundirse.
—Entrega a esos pandilleros en la delegación.
La mirada de Rafael era cortante e implacable, desprovista de cualquier rastro de calidez.
—En cuanto a Natalia, por supuesto que es mejor que la señora se encargue personalmente.
Y la pobre de Vanessa, que apenas hacía un momento se culpaba a sí misma por no haber sido lo bastante precavida, creía que esos pandilleros la habían elegido al azar.
Sin saber que todo había sido una trampа calculada.
Había crecido protegida, rodeada de cariño, ajena a lo cruel que puede ser la gente.
Al pensar en cada una de las humillaciones y los daños que ella había sufrido, el pecho de Rafael se contrajo como si una soga lo estrangulara, era un dolor intenso y denso que lo dejaba sin aliento.
—Sí.
Ricardo aceptó la orden, como si ya hubiera anticipado esa respuesta.
Su jefe adoraba a la señora como a nadie en el mundo.
Solo que lo de esa noche, para ella, había sido una desgracia que no se buscó.
**
A la mañana siguiente, temprano, Yolanda seguía intentando llamar a Natalia.
Le había marcado toda la noche sin que le contestara.
No esperaba que al despertar, tras intentar varias veces más, el resultado fuera exactamente el mismo. La desesperación casi la hace tirar el teléfono.
Ni siquiera sabía si lo de la noche anterior había funcionado o no.
—¿Qué haces? Tan temprano y ya pegada al teléfono, ¿qué es tan urgente? —Édgar bajó por las escaleras y no pudo evitar preguntar con suspicacia.

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