Cerró los ojos al terminar de hablar. Solo pensaba en Vanessa. Esos recuerdos no paraban de volver, y cada vez dolían igual que la primera.
No podía dejar de pensar en eso: Vanessa no lo quería.
***
En el camino de regreso, mientras Vanessa iba en el taxi, le entró una llamada de Rafael.
—¿Ya fuiste a ver a Alexis?
Vanessa iba sentada en el asiento trasero, mirando el paisaje que pasaba volando por la ventana, con la cara tranquila y la voz suave.
—Voy de regreso, ya casi llego.
Al escuchar que su tono no había cambiado, Rafael se tranquilizó.
—Descansa cuando llegues. Hoy firmo el contrato con el señor Palma y por la noche hay una cena, así que puede que llegue tarde.
—Bien. No tomes de más; el alcohol te va a sentar mal.
Vanessa lo dijo en voz baja, y sonaba cada vez más a una esposa. La risa baja de Rafael llegó por el celular.
—Lo que diga mi señora esposa, lo tengo bien grabado. No me atrevería a olvidarlo.
—En la noche acuérdate de comer bien. No creas que porque no estoy en casa te puedes descuidar:
Juana te va a vigilar por mí.
Sonaba mandón, pero detrás de esas palabras solo había cariño. La trataba como a una niña, Vanessa rio.
—Bueno, voy a comer. Voy a comer tanto que me voy a poner enorme.
—Qué talento —respondió Rafael—. Tendré que volver a casa para verlo.
Hablaron y se rieron, y la calidez entre ellos se sentía incluso a través del celular. Cada vez se parecían más a una pareja, de las que se acompañan en todo.
A Vanessa le encantaba esa calidez. Desde que su madre se fue, no había vuelto a sentirla. De regreso en la mansión de la Sierra, Vanessa no dejó que lo de ese día la afectara.
Pero aun así, hizo un esfuerzo por recordar lo que había pasado diez años atrás, cuando cayó al agua. Diez años antes, cuando su madre acababa de morir, la pequeña Vanessa, tan querida por todos, se había hundido en el dolor.


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