Capítulo 172 Vanessa se quedó paralizada. Abrió la boca, pero no pudo ni hablar.
Sentía una vergüenza insoportable. ¿Cómo diablos se lo había venido a encontrar ahí?
En ese momento, Bianca perdió el equilibrioy estuvo a punto de caerse. Al tambalearse, tiró un vaso de la mesa que se hizo añicos contra el piso.
—¡Cuidado! —exclamó Vanessa.
Al escuchar el estruendo, se apresuró a sostenerla.
Una vez que la estabilizó, miró a Rafael.
—Si te digo que todo esto es un malentendido, ¿me creerías? —le preguntó.
—Nena, elige a ese, al número dieciocho...—— murmuró Bianca.
Tenía la cara roja por la borrachera y señalaba al azar en una dirección. Parecía que su intención original era señalar al modelo de hace un momento, pero su dedo terminó apuntando a Rafael.
—El dieciocho está muy bien, es de buena suerte.
Dieciocho añitos, dieciocho... —Con ambas manos, Bianca hizo un gesto para indicar un tamaño bastante generoso.
Sin duda, estaba perdidamente ebria.
Vanessa se apresuró a bajarle las manos, apretando los dientes.
—Bianca, ¿cuánto tomaste? —le reclamó.
—Vanessa, ¿esto es un malentendido? —Leonardo se carcajeó.
Rafael arrugó la frente con tanta fuerza que su molestia era más que obvia. Una expresión sombría e imponente se apoderó de su cara.
Vanessa volteó a ver a los amigos y luego regresó la mirada hacia Rafael.
—En serio... es un malentendido. —Forzó una sonrisa muy poco convincente.
En realidad, sí conocía a Leonardo y a Sergio. Los había visto antes en los banquetes de la familia Cisneros y sabía que eran amigos de Rafael, aunque nunca había cruzado muchas palabras con ellos. En aquella época, ella solía estar siempre pegada a Alexis; además, Rafael siempre tenía una cara tan inexpresiva e indiferente que le resultaba muy difícil acercarse a él, por lo que la mayor parte del tiempo prefería evitarlo.
Rafael recorrió al grupo de modelos con una mirada severa.
—Lárguense de aquí —ordenó.
Los jóvenes se miraron entre sí, desconcertados. La mayoría no quería irse. A fin de cuentas, esas mujeres se veían adineradas; contratarlos para un rato costaba, por lo menos, unos ciento noventa y nueve dólares, ¡sin contar las propinas!
En especial el número dieciocho, a quien Bianca había señalado.

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