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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 891

¿Desde cuándo este tipo se volvió tan descarado? ¡Y encima, qué manera de fingir!

—Deberían darte un Óscar, qué desperdicio que no te lo den —pensó Enzo en silencio, soltando una mueca sarcástica dentro de sí. Pero, al final, ¿qué le importaba?

Si estaba a punto de perder a su esposa, ¿de qué le servía la dignidad? ¿Acaso eso se come?

—No me importa, ¡no me importa! —Enzo la miró con esos ojos llenos de reclamo directo a Paulina—. Eres una mala persona, y ni siquiera lo reconoces. ¡Voy a buscar a Joana para que juzgue esto! ¿Qué clase de gente tiene trabajando?

—¡Oye! —Paulina, nerviosa, le agarró la manga.

Donde Paulina no podía ver, Enzo dejó escapar una sonrisa triunfal. Pero cuando se giró, esa expresión de victoria desapareció por completo, como si nunca hubiera existido. Solo quedó la cara de inocencia, esa mirada que no parpadeaba, fija en Paulina.

Paulina suspiró, resignada.

—¿Y ahora qué quieres?

—Sencillo: este fin de semana, ven a una cita conmigo.

Enzo no lo dudó ni un segundo. Apenas Paulina terminó de hablar, él ya había soltado su petición.

En ese momento, Paulina no pudo evitar sospechar que todo había sido planeado por él desde el inicio. Y, siendo sincera, no le cabía la menor duda.

Paulina frunció el ceño.

—No puedo salir a una cita.

—¡Ay! Solo es salir a caminar y comer algo como amigos, ¿o qué estás pensando tú?

—Yo...

Enzo la interrumpió, exigiendo:

—Eso tampoco, esto tampoco... ¿de verdad tienes ganas de decirme que sí en algún momento?

Paulina sentía que algo no cuadraba, pero al mirar los ojos de Enzo, terminó sintiéndose ella la culpable.

—Bueno, está bien.

Al final, cedió.

Pensó que... no pasaría nada. Además, tenía ganas de dejarse llevar por una vez, hacerle caso a su corazón.

Enzo por fin mostró una sonrisa de pura satisfacción. Sin perder la oportunidad, le revolvió el cabello a Paulina con ternura.

A Enzo le decían “gallina callejera” porque siempre andaba dando vueltas por el estudio solo para ver a Paulina.

—¡Panda mayor!

Ambas siguieron picándose como siempre.

Mientras tanto, la mirada de Paulina no se despegaba de la espalda de Enzo, siguiéndolo hasta que desapareció.

Sus ojos y su sonrisa hablaban por sí solos. Esta vez, ella también sentía curiosidad. ¿Qué pasaría si se atrevía a seguir su verdadero deseo?

¿Quién iba a pensar que Enzo, tan abierto y directo, entendería mejor las cosas que ella?

Detrás, Joana suspiró con nostalgia.

—Ah, la juventud, qué energía tan bonita.

Paulina ya sabía que Joana estaba ahí, así que ni se inmutó. Le contestó con una sonrisa:

—Ay, Joana, si tú también estás súper joven.

—Paulina, ya no soy una chiquilla —le dijo Joana, mirándola con cariño—. Para mí, ustedes son como niños. Yo ya pasé por esto una vez, y créeme, sé perfectamente lo importante que es escuchar tu corazón. Por eso, solo quiero que seas tú misma.

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