—¿Ser yo misma?
Paulina extendió la mano, observando su palma con la mirada perdida.
¿Cómo se supone que debía hacerlo?
Joana, sin embargo, la miraba llena de ánimo.
—¿Para qué te preocupas tanto? Mira, equivocarse cuesta, pero a veces hay que arriesgarse.
Paulina tenía la mente en blanco. No terminaba de entender a qué se refería Joana con eso.
Pero recordó el acuerdo que tenía con Enzo: este fin de semana saldrían a pasear.
Se preguntó si era momento de atreverse a dar un paso hacia adelante.
Joana notó que Paulina de verdad le estaba prestando atención y, satisfecha, le dio unas palmadas en el hombro.
—Ya, no te exijas tanto. No te cargues el mundo tú sola.
—Ya entendí —murmuró Paulina, bajando la mirada sin añadir nada más.
Joana vio cómo Paulina se alejaba hacia su estación de trabajo y no pudo evitar soltar un suspiro de alivio.
En voz baja, murmuró:
—Sr. Enzo, ahora te toca a ti. Yo ya hice mi parte, más no puedo.
Negó con la cabeza, resignada.
Ya se había dado cuenta de que entre esos dos había un malentendido, nada más que no se animaban a hablarlo de frente.
Por eso, hacía falta que alguien les echara una mano, que pusiera las cosas en movimiento.
Y claro, ¿quién mejor que ella para ese papel?
...
Por la tarde.
Violeta llegó temprano al café.
Aunque llevaba cubrebocas, el cansancio en sus ojos era imposible de ocultar.
No había pegado el ojo en toda la noche; tenía los ojos enrojecidos por las venas marcadas.
Aun así, por dentro se sentía electrizada, como si la adrenalina no la dejara quedarse quieta.
Miraba la puerta a cada rato, ansiosa, revisando el reloj de pulsera y sintiendo cómo la desesperación se le metía en el cuerpo.
Justo cuando estaba por sacar el celular y mandarle otro mensaje a Catalina, escuchó el taconeo de unos zapatos.
—En esto, yo ya no tengo poder de decisión.
—¿Cómo dice? —murmuró Violeta, abriendo los ojos con incredulidad—. ¿Está bromeando? ¡Usted es la mamá del señor Zambrano! ¿Cómo que su palabra no cuenta?
—Aunque sea su madre, eso no significa que me haga caso —Catalina soltó, tajante.
Lo cierto es que no tenía la menor intención de perder a Violeta como pieza en el tablero. De momento, seguía siendo útil.
—Pero, señora... ¿No era que yo era la nuera en la que más confiaba? —la voz de Violeta se quebró, sus ojos oscurecidos por la angustia—. ¿Ahora sí piensa dejarme sola?
Violeta lo tenía clarísimo: sin el respaldo de la empresa, no era absolutamente nadie.
Y si la situación se ponía fea, estaba dispuesta a todo.
—¡Por supuesto que no! —la voz de Catalina sonó firme, sin dejar espacio a dudas.
Al escucharla, Violeta no pudo ocultar el desconcierto.
—Pero hace un momento dijo que ya no podía hacer nada...
Catalina soltó un suspiro profundo.
—Ay, niña, aunque no pueda actuar directamente, tú misma lo dijiste: eres la nuera que yo elegí. ¿Cómo crees que te voy a dejar a la deriva?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cuando el Anillo Cayó al Polvo