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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 890

¿Quién podría resistirse a eso?

Es como si tú estuvieras justo enfrente de mí, mirándome con esos ojos alegres y diciéndome: “¡Lo hiciste increíble!”

Al pensar en eso, el corazón de Paulina empezó a latir más rápido.

Ya valió, esa debilidad suya por las caras bonitas nunca iba a cambiar.

Si no, en su momento tampoco le habría dicho que sí a Enzo…

Al pasar por la plaza frente al taller, Rico soltó un —Guau— y salió disparado, rodeando a Paulina mientras movía la cola como si fuera un ventilador.

Paulina se agachó y le acarició la cabecita suave a Rico.

—Rico, ¿me estabas esperando aquí? ¿No tienes hambre, verdad?

El perrito sacó la lengua, ladeó la cabeza y se pegó a los pies de Paulina.

Paulina no pudo evitar sorprenderse de lo suave que se sentía, cerrando los ojos con gusto.

Gracias a los antojos y mimos de sus compañeros del taller, Rico ya se había puesto más grandecito; ahora no era tan tierno como antes, pero sí mucho más imponente.

Lo único que no cambiaba era su barriguita redonda.

Paulina estaba por ir a buscarle algo de comer a Rico, cuando una voz masculina muy familiar retumbó a su lado.

—A veces sí le tengo envidia a ese perro callejero.

Paulina soltó un suspiro.

No hacía falta ni levantar la cabeza para saber quién era.

—Enzo, ¿tu restaurante nunca tiene clientes o qué? ¿Por qué siempre andas paseándote por el taller de ropa si eres el dueño?

Mientras hablaba, Paulina soltó a Rico.

El perrito, sin embargo, no quedó conforme y siguió insistiendo, tratando de que la mano de Paulina volviera a acariciarle la cabeza.

Ese cuerpo redondito suyo no se daba por vencido.

Paulina no tuvo más remedio que seguir consintiéndolo.

Al ver la escena, Enzo miró a Rico con los ojos entrecerrados, sin poder evitar pensar: “Se nota que es perro macho. Seguro en su otra vida fue algún patán que jugó con los sentimientos de alguien y por eso ahora le tocó reencarnar como perro”.

Pero Enzo, con su aire presumido, soltó:

Todavía tenía muy presente lo que pasó aquella noche.

Si no fuera porque Paulina tenía que trabajar, Enzo ya la habría buscado todos los días.

Paulina subió la voz, entre molesta y apenada.

—¡Deja de decir tonterías! Mejor vete, aquí estoy trabajando.

Eso de estar así con Enzo podía afectar la imagen del taller.

Enzo fingió estar dolido.

—Ay, Paulina, sí que eres dura conmigo. ¿Acaso ya te deshiciste de mí después de usarte?

—¿Qué cosas dices? ¡Yo no te hice nada! —Paulina, asustada, recobró la voz.

Enzo bajó la mirada, fingiendo estar desilusionado, como un cachorro abandonado.

—Sí, tienes razón. Todo fue mi imaginación. Al final, yo fui el que se equivocó, ¿no?

Paulina no pudo evitar quedarse callada, sin saber si reír o enojarse.

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