Grace
Por un momento, todo el salón quedó en silencio. Entonces se escuchó una exclamación:
—Dios mío. Así que era verdad. El jefe sí estuvo con una mujer.
Todos permanecieron sentados, incrédulos, como si no pudieran asimilar lo que acababan de escuchar. El hombre que había iniciado la conversación sonrió.
—No quería decir nada porque podía meterme en problemas, pero ya no me importa. Ya no aguanto seguir guardándomelo.
Una mujer ladeó la cabeza y entrecerró los ojos.
—Un momento... ¿Entonces no eran ciertos los rumores de que al señor Reed le interesaban los hombres? Es que nunca lo he visto con ninguna mujer aparte de su difunta esposa. Pensé que tal vez cambió de gustos después de que ella murió.
—¿Gay? —intervino otra mujer—. Nunca creí ese rumor. Por favor, yo sé reconocer a un hombre gay cuando lo veo y el señor Reed no lo es. Quizá no le gusta que se sepa con quién sale. O quizá... —Se acercó a su amiga y bajó la voz—. Solo fue una aventura de una noche. Nunca se sabe.
—Sea como sea. —Otra mujer suspiró—. Estoy muy celosa. Mataría por pasar una sola noche con un hombre como él. Esa mujer tiene una suerte increíble.
—Me pregunto quién será. ¿Es guapa?
El hombre asintió y se reclinó con una sonrisa satisfecha.
—Es deslumbrante. ¿Cómo decirlo? Tiene esa clase de belleza que despierta en los hombres el deseo de protegerla y amarla. Pero… ¿afortunada? Creo que el afortunado fue él. Solo alcancé a ver parte de su cara, pero les juro que, si trabajara aquí, sería muy popular.
Sus voces se confundían a mi alrededor. Apreté con fuerza el vaso que sostenía. Cada trago que me obligaba a tomar me quemaba la garganta.
De todas las situaciones humillantes e incómodas que había vivido, aquella era la peor. Hablaban de la mujer que estuvo con Apollo sin darse cuenta de que ella estaba sentada frente a ellos. Ni siquiera sabía cómo reaccionar.
Pensé en tomar el vaso más cercano y vaciarlo de un solo trago. Necesitaba algo que detuviera el martilleo en mi cabeza, pero sabía que era mala idea. Si me dejaba llevar, solo sumaría problemas a los que ya tenía.
Aun así, no sabía cuánto tiempo más podría mantener la calma.
—¿Grace?
River me sacó del aturdimiento. Levanté la mirada hacia él.
—¿Eh?
Me observaba con una ceja apenas arqueada. Se acercó y yo retrocedí por instinto.
—¿Qué haces? —susurré.
—Es raro.
El estómago se me revolvió.
—¿Q-qué cosa?

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