Grace
Su verga me estiraba y me llenaba hasta el límite cada vez que entraba. Sentir cómo me abría en dos era demasiado intenso. El cuerpo me pedía gritar de placer, pero me mordí con fuerza el interior del labio para no hacer ruido.
No bastó.
Aun así, un gemido desesperado me arañó la garganta. Antes de poder contenerme, enterré la cara contra el hombro de Apollo, le clavé los dientes y ahogué el sonido contra su piel. Sabía que después me arrepentiría y que no le haría ninguna gracia que lo mordiera, pero no pude evitarlo. Si dejaba escapar los gemidos que me nacían, sería como anunciarle a todo el edificio que mi jefe me estaba cogiendo.
Así que gruñí contra su hombro y, con cada embestida brutal, le clavé más los dientes.
—Carajo —gimió Apollo mientras me apretaba la cintura y hundía más la verga—. Me la aprietas tanto.
Sus palabras hicieron temblar todo mi cuerpo. El calor me inundó el sexo y me contraje con más fuerza alrededor de él. Mi respiración se entrecortó; mi pecho quedó pegado al suyo y mis muslos temblaron alrededor de sus caderas.
Una de sus manos bajó hasta aferrarme el culo y me atrajo con más fuerza mientras me la metía. Todavía estaba hipersensible, sacudida por el orgasmo que ya me había arrancado, pero no importaba; seguía caliente y mi sexo palpitaba de deseo por él. Cada vez que creía haberme acostumbrado a su tamaño, volvía a descubrir lo descomunal que era.
Apollo gruñó. Sin aliento, alcé la cabeza y por fin le solté el hombro. Cuando lo miré, me quedé inmóvil. Apretaba la mandíbula y sus ojos color avellana estaban más oscuros que nunca. Tenía toda la cara tensa por el esfuerzo de contenerse, como si luchara por no perder el control.
Habló en voz baja:
—Si crees que puedes ocultar esos gemidos, te va a costar mucho.
No entendí a qué se refería hasta que apartó una mano de mi cintura, me aferró la cadera y me la metió hasta el fondo.
El ángulo me hizo ver estrellas. Su verga se hundió tan adentro que juraría que la sentí en el estómago. Los ojos se me fueron hacia atrás y se me escapó un jadeo; me tapé los labios con una mano para no gritar.
Con la otra mano le arañé el hombro. Era lo único que me mantenía erguida mientras volvía a hundirse en mí.
Quería fulminarlo con la mirada por llevarme hasta ese extremo y arriesgarse a que cualquier ruido nos delatara.
¿No le importaba? ¿No se daba cuenta de que podía gemir tan fuerte que toda la oficina sabría que mi jefe me estaba cogiendo en su despacho?
Sin embargo, por cómo gruñía con cada embestida y cómo sus dedos me dejaban moretones en el culo mientras me usaba, entendí la verdad. Apollo no sabía qué era la vergüenza. Y en ese momento, yo tampoco.
—Nngh... ah...
Hundí la cara contra su cuello, gimoteé y traté de contener los demás sonidos, pero él no tuvo piedad.
Cambió el agarre. Con una mano me sostuvo la nuca y con la otra me sujetó el culo con firmeza. Así me obligó a recibir cada golpe brutal de sus caderas. Las piernas me temblaron alrededor de él y mi sexo lo apresó con tanta fuerza que casi me dolía.
—Ah... Dios mío. —Jadeé contra su piel. Sacudí la cabeza, pero ya no importaba; inclinó las caderas en el ángulo exacto y tocó un punto tan profundo que pensé que podría morir. Abrí la boca y se me escapó un gemido fuerte.
—¡Ahhh, papi!
El gemido retumbó por toda la oficina, rebotó contra las paredes y fue imposible de ignorar. Me zumbaron los oídos. Por un segundo me invadió el pánico y se me agolparon los pensamientos.
¿Y si alguien lo había oído? ¿Y si alguien entraba? Entonces su ronco gemido me rozó el oído, como si los míos solo lo impulsaran a seguir, y todo lo demás desapareció.
Mierda. Sus embestidas se volvieron más brutales. Me aferré a él, le clavé las uñas en los hombros y luego las arrastré sobre la camisa, a lo largo de su espalda.


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