Grace
Sabía que no debía hacer esto aquí, nada menos que en su oficina, pero, Dios, no podía detenerme. Estaba demasiado excitada. Mucho más que excitada. Las pantaletas ya estaban húmedas y cada roce de su verga contra mí volvía más difícil ignorar el ansia.
Hice una mueca de placer, le rodeé el cuello con fuerza y me mordí el labio, desesperada por contener cualquier sonido. ¿Cuánto tiempo llevaba así? ¿Dos minutos? ¿Más? Ya ni siquiera podía calcularlo. Lo único que sabía era que ese hombre llevaba todo ese tiempo restregando su verga dura como una piedra contra mí.
Ni siquiera intentaba penetrarme. No, a mi jefe le bastaba con llevarme al borde de la locura. Presionaba la verga contra mis pantaletas empapadas como si fuera a embestirme en cualquier momento, pero siempre se contenía. Se me arqueó la espalda sin que pudiera evitarlo, me mordí el labio con tanta fuerza que casi me dolió y aun así no pude contener el gemido que me salió de la garganta.
Abrí despacio los ojos, aturdida, y me encontré con la visión más devastadora de todas. Apollo. Tenía los ojos color avellana clavados en mí. Tenía el cabello revuelto y una actitud imposible de descifrar.
Ya respiraba con dificultad, casi temblaba y sabía que no soportaría ni un segundo más de esa tortura. Lo quería dentro de mí... no, lo necesitaba dentro de mí.
—Por favor... —La palabra me salió antes de que pudiera detenerla.
Arqueó una ceja y me apretó la cintura hasta arrancarme un jadeo.
—¿Qué quieres? —preguntó. Después presionó su verga más arriba contra mí y se frotó contra mi clítoris a través de la tela empapada de mis pantaletas. Me arrancó otro gemido y se me abrió la boca.
—¿Qué quieres, princesa? —repitió. Miró mis labios entreabiertos como si ya imaginara tenerlos de nuevo alrededor de la verga.
Abrí los ojos a medias y todo el cuerpo me temblaba de deseo. Hablé antes de saber siquiera lo que estaba diciendo:
—Por favor, papi. Tócame, dame placer, destrózame. Te necesito dentro de mí.
Debería haber sentido vergüenza, pero no fue así.
Ni siquiera sabía de dónde habían salido esas palabras. Brotaron como si no tuviera filtro ni me quedara orgullo al que aferrarme. Pero seamos sinceros. Si te hubiera hecho pasar dos minutos de este tormento, si hubiera apretado la verga contra ti hasta dejarte chorreando, temblorosa y dolorida, como si fueras a morir sin él, tampoco sentirías vergüenza.
Así que al carajo con la vergüenza. Si alguien iba a destrozarme, sería él. Y ahí, en su oficina y sobre su regazo, quería que me cogiera hasta que no quedara nada de mí por destrozar. Me miró y después sonrió.
Me quedé inmóvil. El corazón se me desbocó con tanta violencia que creí que se detendría. No era la sonrisa burlona de siempre ni esa mueca fría que anunciaba problemas. Apollo casi nunca sonreía y, cuando lo hacía, su sonrisa no auguraba nada bueno. Pero aquella sonrisa era diferente.
Era solo una sonrisa.

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