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Compláceme, Papi romance Capítulo 83

Apollo

Hay muchas cosas que la gente considera íntimas, como tomarse de la mano, abrazarse e incluso tener sexo. Para mí, siempre fue solo besar a una mujer en los labios.

Llevaba años sin hacerlo. Creí que había enterrado esa parte de mí para siempre. Nunca permití que otra mujer volviera a acercarse tanto.

Y, aun así, la mujer que estaba sobre mi escritorio me besó. Me quedé paralizado. Dejé de metérsela; tenía el pene enterrado en lo más profundo de ella. La mente se me quedó en blanco. Suaves.

Ese fue el primer pensamiento que me asaltó cuando sus labios se posaron sobre los míos. Suaves, cálidos e inseguros. Cerré los ojos mientras intentaba asimilarlo.

Lo que más me perturbó no fue que me besara, sino descubrir que me inclinaba hacia ella.

Sus labios temblaron contra los míos cuando se dio cuenta de su error, pero mi cuerpo me traicionó. Mi instinto me pedía apartarla. Ya era demasiado tarde. Quería hacerla mía.

Estaba a punto de acercarme cuando volvieron a llamar a la puerta.

—Señor Reed, ¿vuelvo más tarde? —preguntó Chase.

El sonido me hizo reaccionar. Me aparté y apreté la mandíbula para desterrar esa debilidad y reprimir el impulso de besarla con fuerza. Bajé la mirada hacia Grace. Se tocaba la boca y me miraba aterrada, con los ojos muy abiertos. Parecía una presa que le hubiera ofrecido el cuello a un lobo.

Mi expresión se volvió seria. Me pasé una mano por el cabello.

—Me estás haciendo enojar, Chase. Vuelve más tarde.

Hubo una pausa antes de que respondiera a toda prisa:

—S-sí... señor. Disculpe. Volveré más tarde.

Escuché sus pasos alejarse, pero aún alcancé a escucharlo murmurar tras la puerta:

—Qué raro. Juraría haber oído algo... En fin, me pregunto dónde estará la señorita Grace. Quería mostrarle algo genial e invitarla a cenar.

No le quité los ojos de encima a la mujer frente a mí. Seguía cubriéndose los labios. Parecía culpable y preocupada, y respiraba con rapidez.

—L-lo siento mucho, señor —balbuceó—. No quise hacerlo, solo estaba asustada y...

Me retiré de ella con brusquedad; se le escapó un quejido al sentir el vacío repentino. No le di tiempo de recuperarse. La agarré por la cintura y le di la vuelta. Quedó inclinada sobre mi escritorio, con las manos apoyadas en la madera y el vestido recogido sobre las caderas.

Su culo redondo y carnoso quedó expuesto ante mí. El pene volvió a endurecérseme al verlo. Grace se veía pecaminosa así, pero también frágil. Todos los demonios que intenté enterrar en mi interior querían salir y destrozarla.

—Cinco nalgadas, señorita Grace —dije en voz baja.

Parpadeó, confundida, y me volteó a ver.

—¿Q-qué?

Le cubrí el culo con la mano y sentí cómo se estremecía bajo mi palma.

—Ese es tu castigo por romper nuestra regla. Cruzaste un límite y no tolero la desobediencia.

Apreté su carne suave y le separé un poco las nalgas. Grace apretó el labio entre los dientes.

—No fue mi intención —dijo en voz baja, casi para sí misma.

—Aun así lo hiciste —murmuré con tono sombrío—. Y todo error merece una lección. Si lo dejo pasar, creerás que puedes repetirlo.

Me incliné sobre ella. La punta de mi pene rozó su entrada húmeda y la provocó. Presioné apenas lo suficiente para que su cuerpo se estremeciera.

—Si en serio quieres que me detenga, dilo. Una sola palabra y pararé.

Contuvo el aliento y los muslos le temblaron.

—N-no... tiene razón, señor. Me lo merezco.

Incliné la cabeza para contemplarla sobre mi escritorio. Me ofrecía el culo en un arco perfecto. Deslicé la palma con lentitud por la curva de su cuerpo. Entonces retiré la mano y le di una nalgada con fuerza.

Jadeó y abrió mucho los ojos mientras se aferraba al escritorio para no perder el equilibrio.

Miré mi mano; los dedos me hormigueaban por el golpe. Tal como esperaba, tenía el culo suave. Tan suave que absorbió el impacto y recobró su forma enseguida; me tentaba a golpearlo de nuevo. Sonreí apenas, satisfecho.

Volví a mirarla. Grace me observaba y su expresión oscilaba entre el dolor y el placer. Ver cómo pasaba de uno al otro encendió algo muy dentro de mí.

Apoyé una mano con firmeza en el escritorio, junto a ella, y me incliné hasta rozarle la oreja con el aliento.

—Cuenta, señorita Grace —ordené con un gruñido.

Antes de que pudiera siquiera recuperar el aliento y responder, volví a golpearla y, en ese mismo instante, me hundí otra vez dentro de ella.

Se estremeció y su sexo me apretó la verga. Se me escapó un siseo entre los dientes.

—Carajo...

Eché la cabeza hacia atrás y saboreé cómo su sexo me apretaba, como si no quisiera soltarme jamás. El ardor del golpe aún le recorría la piel y comprendí, con una satisfacción perversa, que quizá por eso me apretaba más.

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