Grace
Estaba jodida. Era grande, mucho más de lo que creía.
Claro, ya sabía que la tenía gruesa, pero verla y tenerla dentro de mí era distinto, sobre todo cuando me la metí entre los labios. Pensaba que podría con ella. Me repetía que sí. Pero en cuanto se deslizó entre mis labios, la realidad me golpeó. Era demasiado grande. No podía con ella.
Su verga me abrió la boca y me llenó hasta hacer que me doliera la mandíbula. Mis labios se tensaron alrededor de ella y mi lengua apenas soportó su peso. Sentía cada relieve contra mi lengua y cada vena palpitar al ritmo de su pulso.
Intenté recibirla más hondo, pero mi cuerpo me traicionó en cuanto la sentí rozar el fondo de la garganta. La garganta se me cerró en torno a su verga y me dieron fuertes arcadas.
Nunca en la vida me había sentido tan llena. Con Charles jamás me dieron arcadas. Ni siquiera recordaba que alguna vez me hubiera costado tanto. Y yo que me creía buena haciendo mamadas. Solo lo pensaba porque mi ex prometido parecía disfrutarlas con su pitito.
Alcé la mirada. Tenía la cabeza echada hacia atrás, la mandíbula tensa y los músculos del cuello marcados por el esfuerzo. Me miraba con los ojos entrecerrados, enfocado como un depredador, y la curva satisfecha de su boca revelaba el esfuerzo que hacía por contenerse; aquello me volvía loca. Yo hacía que se viera así. Por mí estaba perdiendo el control.
No importaba si era difícil o humillante. Yo era quien le daba tanto placer.
Me aparté con un chasquido húmedo; la saliva relucía entre mis labios y su verga. El pecho se me agitaba mientras recuperaba el aliento, pero no aparté la vista de él. Cerré la mano alrededor de su verga, la acaricié con firmeza y esparcí la humedad hasta la base para facilitar el movimiento. La sentí estremecerse dentro de mi puño, y juraría que Apollo estaba a punto de perder el control.
Volví a inclinarme, decidida, y bajé hasta recibirla más hondo que antes. Mi garganta se rebeló enseguida; las arcadas fueron tan fuertes que los ojos se me pusieron en blanco por la presión. No me detuve. Con la mano acaricié el resto y acompasé ambos movimientos.
—Carajo, princesa. —Su gemido me encendió; el calor me recorrió y se concentró en el vientre. Estaba tan mojada que tuve que apretar los muslos, desesperada por conseguir aunque fuera un poco de fricción.
Empecé a mover la cabeza más rápido y a acariciar con la mano lo que no me cabía en la boca; la saliva me goteaba por el mentón y le cubría la verga. Aquel desastre facilitaba el movimiento y me permitía deslizar los labios más abajo, aunque volviera a atragantarme. Con cada intento la recibía más hondo; la garganta se me tensaba y el pecho se me agitaba en busca de aire.
La mano de Apollo se crispó a un costado; era evidente que quería agarrarme, inmovilizarme y cogerme por la boca. Verlo contenerse me hizo perder la prudencia. Gemí con su verga en la boca. La vibración le hizo empujar las caderas hacia delante, pero se contuvo.
Volví a apartarme con un jadeo mientras lo acariciaba deprisa.
—Qué rico sabe, señor —susurré. Las arcadas me habían dejado la voz ronca.
Dios mío, sonaba como una de esas mujeres desesperadas por complacer al jefe. Espera, ¿no era esto lo mismo?
Abrí bien la boca, saqué la lengua y le lamí la verga de abajo arriba antes de volver a succionarle la cabeza entre los labios.
Ahí se le acabó el autocontrol.
Apollo gruñó. Al fin levantó una mano con brusquedad y enredó los dedos en mi cabello; el tirón me hizo gemir con su verga en la boca.
—Basta —dijo—. Ya me provocaste demasiado, princesa. Necesito cogerte por la boca.
No alcancé a procesar sus palabras antes de que volviera a tirarme hacia abajo y me hundiera la verga hasta el fondo de la garganta. Me dieron arcadas violentas y las lágrimas me corrieron por las mejillas mientras me aferraba a sus muslos. Su puño en mi cabello me obligó a recibirla entera.
—Mierda —maldijo con la cabeza echada hacia atrás mientras me sujetaba el cabello con más fuerza y mecía las caderas—. Qué bien se siente tu boca.
—Mmm.

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