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Compláceme, Papi romance Capítulo 79

Apollo

Carajo. Qué espectáculo.

Grace estaba de rodillas en el suelo y me miraba con los ojos muy abiertos. Mi pulgar descansaba sobre su lengua. Sentía el calor de su boca, el roce de sus dientes y la presión de sus labios alrededor de mi pulgar. Entonces, sus delicados dedos me rozaron los muslos, como si ni siquiera se diera cuenta de lo que hacía.

Estaba a punto de perder el control.

Esto no deja de pasar. En los últimos días no he sido yo mismo. El Apollo de antes jamás habría hecho algo así. No le habría llevado el almuerzo, no la habría dejado entrar en mi oficina ni la tendría escondida bajo mi escritorio, como si protagonizara una película porno barata.

Para mí, los hombres eran simples. En el mundo había dos tipos; los que pensaban con la cabeza y los que pensaban con el pene. Yo siempre había sido de los primeros. Despreciaba a los del segundo tipo, seres patéticos y débiles que no sabían controlarse y se dejaban gobernar por la lujuria en lugar de la disciplina. Eran unos inútiles; no conseguían nada ni llegaban a ser nadie.

Y ahí estaba yo. Maldita sea. Estaba perdiendo el control, y la causa estaba arrodillada frente a mí. Me miraba con esos enormes ojos de cierva, sorprendida y excitada a la vez. Temblaba, pero ansiaba más.

Parpadeó sin apartar la mirada de mí, pero luego la bajó hacia el bulto que se marcaba en mi pantalón. Tragó saliva. Entreabrió los labios y sacó la lengua para humedecerlos.

Quería verla atragantarse con mi pene, escuchar sus arcadas y sentir cómo se le contraía la garganta hasta que se le llenaran los ojos de lágrimas.

Asintió apenas, pero no era suficiente. Saqué el pulgar de su boca y deslicé la yema húmeda por sus labios.

—Dímelo, princesa —le dije en voz baja—. Solo podrás quedarte callada cuando estés bien llena de mi pene.

Se sobresaltó y se le cortó el aliento. Arqueé una ceja. Interesante. Le gustaba que le hablara así; las palabras obscenas la excitaban. Rara vez les hablaba de esa manera a las mujeres, salvo cuando perdía el control.

—Sí, papi —susurró con voz quebrada.

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