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Compláceme, Papi romance Capítulo 78

Grace

En momentos como ese, me preguntaba qué demonios me había llevado hasta allí. ¿Por qué me había permitido acabar en esa situación cuando podría haberla evitado de cien maneras distintas? Para empezar, no debí hacerle caso a Austin.

No debí dejar que mi conciencia se impusiera ni entrar. No debí invitar a mi jefe a comer conmigo. No debí dejar que la comida me cegara ni derramarle una bebida en el pantalón.

Y, sobre todo, jamás debí tocarle el pantalón como una idiota. Y ahí estaba, agachada debajo del escritorio de Apollo, con el pecho oprimido y la respiración entrecortada mientras procuraba no hacer ruido.

Genesis seguía hablando con evidente diversión. Apollo le respondía con su habitual tono seco y cortante, pero incluso sin verle la cara, me daba cuenta de que quería que se marchara. Pero Genesis aún no había terminado.

Parecía alargar la conversación a propósito para complicarlo todo y prolongar la tensión hasta acabar con mis nervios.

Suspiré sin hacer ruido, ya cansada y con calambres en los muslos por llevar tanto tiempo de rodillas. Para aliviar la molestia, moví la mano que tenía sobre su pierna; solo pretendía cambiarla un poco de lugar para estar más cómoda. Sin embargo, por una cruel jugada del destino, la palma me rozó su entrepierna.

Me quedé inmóvil. Él también.

—No hagas que el proyecto... —Se interrumpió a media frase.

Sentí que el corazón se me subía a la garganta. Carajo. El golpeteo constante de sus dedos sobre el escritorio se detuvo.

Genesis rio.

—¿Eh? ¿Por qué te detuviste? ¿Estás bien?

Me subió el calor a la cara y retiré la mano como si acabara de tocar fuego; me apreté los dedos contra el pecho. Me ardían tanto las mejillas que pensé que iba a incendiarme.

Dios mío. Lo sabía. Genesis sí sabía que yo estaba ahí abajo.

Me cubrí la cara con las manos, muerta de vergüenza. Podría morirme en ese momento y hasta eso sería menos humillante.

Apollo guardó silencio al principio. Después habló en tono de advertencia.

—Ya basta.

Genesis fingió inocencia y endulzó el tono.

—¿Basta? No tengo idea de qué hablas.

Apollo se reclinó en la silla. Desde debajo del escritorio, alcancé a ver sus ojos color avellana cuando miró hacia mí. Fue solo un instante, pero bastó para revolverme el estómago. Podría jurar que en ellos ardía algo peligroso.

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