Grace
Cerré los ojos y me presioné la sien con dos dedos. Las palabras de la página empezaban a confundirse. Debí haberme detenido horas atrás, pero cada vez que pensaba en soltar la carpeta, me obligaba a continuar.
A esas alturas, ya ni siquiera seguía porque me lo habían ordenado; de verdad quería hacerlo.
En la universidad redacté comunicados de prensa para pequeños proyectos del campus, pero esto era mucho más importante. No sabía en qué momento aquel trabajo había empezado a gustarme.
Una notificación del celular me interrumpió. Dejé caer la carpeta sobre la mesa y miré el celular. River.
“¿Estás ocupada?”
Suspiré y cerré los ojos. Mierda. Se me olvidó avisarle que no podría ir a almorzar. Le respondí.
“Sí, estoy ocupada. Lo siento. Almorcemos otro día; yo invito”.
No tardó en responder.
“No te preocupes. Me lo esperaba. Te tomaré la palabra”.
Me quedé mirando el mensaje más de la cuenta. ¿Por qué lo imaginé sonriendo con picardía mientras escribía? Lo veía con toda claridad. River reclinado en su silla, tranquilo y divertido, como si supiera algo que yo no. Sacudí la cabeza para ahuyentar la idea.
Otra notificación.
“También escuché que habrá una fiesta de bienvenida para las nuevas empleadas del equipo de relaciones públicas. ¿Vas a ir?”
Enarqué una ceja al leer el mensaje. Al principio, el señor Aiden mencionó que no habría fiesta de bienvenida por la situación que enfrentábamos. Quizá cambiaron de opinión después de resolver el problema.
¿Una cena con ese grupo de chicas? Si por mí fuera, pasaría la noche en casa, acurrucada con un libro, pero no podía darme ese lujo; faltar quizá molestaría a quien no debía.
Tecleé una respuesta.
“Sí, iré”.
Dejé el celular a un lado, me quité los lentes y me froté el dolorido puente de la nariz. Tenía todo el cuerpo adolorido y entumecido por permanecer sentada tanto tiempo. Me estiré y gemí; entonces, el estómago me rugió con fuerza.
—Perfecto —murmuré—. Hambrienta, agotada y medio ciega.
Sacudí la cabeza y volví a tomar la carpeta, decidida a seguir, cuando una bolsa con comida para llevar cayó sobre el escritorio frente a mí.
Parpadeé, sorprendida, y levanté la mirada. Austin estaba ahí, con su sonrisa de siempre.
—Buen trabajo, señorita Grace. Le traje algo de comer —dijo.
Volví a parpadear, confundida por su amabilidad.
—No, no se preocupe. Puedo...
Sonrió con más ganas, negó con la cabeza y me interrumpió.
—Se equivoca. No fui yo quien trajo la comida. Solo soy el repartidor.
—¿El repartidor? —Repetí en voz baja.
Levantó un dedo y señaló la pared de cristal de la oficina. El corazón casi se me detuvo. Al otro lado del cristal, Apollo trabajaba tras su escritorio como si nada en el mundo le preocupara.
Abrí tanto los ojos que casi se me salieron de las órbitas. ¿De verdad? ¿Apollo le pidió a Austin que me comprara comida?
Austin disfrutaba de mi reacción. Se inclinó un poco hacia mí y sonrió con picardía.
—Seguro se sintió mal por dejarla sin almorzar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Compláceme, Papi