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Compláceme, Papi romance Capítulo 76

Apollo

—Señor Reed, ¿le gustaría almorzar conmigo?

Por un momento, me pregunté si la había oído mal. ¿Almorzar?

Alcé la mirada del documento que tenía delante y la observé de pie frente a mí. Ni siquiera me miraba; dirigía la mirada a cualquier parte de la oficina para no cruzarse con la mía. Apretaba la bolsa con demasiada fuerza, tenía los hombros tensos y entreabrió los labios con nerviosismo antes de pasarse la lengua por el labio inferior.

Ah. Ese gesto la delataba. Siempre lo hacía después de decir algo de lo que se arrepentía. Eso significaba que no la había oído mal.

Esta extraña mujer quería almorzar conmigo.

Bajé la mirada hacia la bolsa de comida para llevar que tenía en la mano. Poco antes, estaba absorto en el trabajo y, casi sin pensarlo, le pedí a Austin que encargara comida para ella en el restaurante más caro de la zona. Las palabras se me escaparon antes de que siquiera me diera cuenta de lo que decía.

Austin parpadeó, sorprendido, y después sonrió con esa expresión molesta de quien lo sabe todo. Lo despedí enseguida; no estaba de humor para verlo divertirse con la situación. Volví a concentrarme en los documentos y dejé de lado aquel extraño momento, porque, fuera cual fuera ese impulso, no valía la pena darle más vueltas.

Desde luego, no esperaba que entrara en mi oficina aferrada a esa misma bolsa y me propusiera compartir la comida.

Incliné la cabeza para estudiarla. Qué mujer tan peculiar. La mayoría evitaba estar en la misma habitación conmigo salvo que fuera estrictamente necesario, pero ella estaba ahí.

Como no respondí enseguida, cambió de postura y agachó un poco la cabeza, avergonzada por sus propias palabras.

—Debo haber enloquecido, señor. Perdone que lo haya molestado. Ya me voy.

Se dio la vuelta y avanzó hasta quedar a medio camino de la puerta.

—Siéntate, señorita Grace.

La respuesta se me escapó antes de que pudiera pensarlo mejor.

Se quedó inmóvil dos segundos enteros. Luego se volvió y me miró con los ojos muy abiertos.

—¿Qué?

Aparté el documento y me recosté en la silla.

—Aún no he almorzado. Comamos juntos. —Mi tono fue indiferente, como si me diera igual.

No se movió. Me observaba como si no supiera si creer lo que acababa de escuchar. Alcé una ceja, imperturbable.

—No como comida fría —dije mientras miraba lo que llevaba en la mano.

Aquello pareció sacarla de su aturdimiento. Parpadeó deprisa y luego asintió; las palabras casi se le atropellaron al salir.

—S-sí, señor.

Por fin se movió. Atravesó la oficina, llegó a mi escritorio y dejó la bolsa con cuidado, como si no supiera si me ofrecía el almuerzo o se entregaba como alimento a un depredador.

Y quizá, en su caso, no había mucha diferencia. Sacó los recipientes de la bolsa uno por uno y los ordenó sobre mi escritorio. En ningún momento me miró. Me recosté en la silla, crucé los brazos y la observé en silencio.

Cuando por fin abrió el recipiente principal, se quedó inmóvil y jadeó. Abrió la boca, sorprendida, y susurró:

—Con razón costó tanto. Este cangrejo podría alimentar a veinte personas.

Me pareció graciosa y la miré.

Tosió, incómoda, como para ocultar una sonrisa, y volvió a meter la mano en la bolsa para sacar unos cubiertos. Por un instante, me miró a los ojos. Aquella mirada fugaz lo decía todo. Estaba nerviosa, pero decidida a seguir adelante. Me tendió la cuchara.

La contemplé en silencio. Al cabo de un momento, tomé la cuchara de su mano. En cuanto mis dedos se cerraron sobre el metal, se relajó un poco.

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