Grace
¿Conoces ese momento en que estás jodida?
Y no me refiero a estar jodida en el buen sentido, sino a cuando tu cerebro se descontrola y busca una salida con la desesperación de un ratón acorralado. Piensas en agacharte hacia la izquierda, esquivar hacia la derecha o quizá salir del paso con una mentira; al final, todos los caminos conducen al mismo lugar.
Así estaba yo en ese momento. Jodida.
Casi daba risa. Tenía una puerta enfrente. Podía abrirla, cruzarla y marcharme. La libertad estaba a unos pasos. Pero mi cuerpo no respondía, porque sabía perfectamente que, si corría, él me alcanzaría en tres pasos. Y algo me decía que intentar huir podía empeorar las cosas.
No bloqueaba la entrada. Tan solo estaba apoyado contra la puerta del baño y tenía los brazos cruzados. Aun así, parecía un león agazapado entre la hierba alta y no apartaba los ojos de su presa. Esperaba con paciencia y me retaba a correr para que la cacería valiera la pena.
Busqué desesperada alguna distracción y miré hacia la cama, donde el gato estaba tendido como un rey. Juro que el pequeño desgraciado sonreía con burla y movía la cola, mucho más entretenido con mi incomodidad que con perseguir un ratón o echarse una siesta. El maldito animal era digno de su dueño; tenía la misma expresión, la misma superioridad y la misma actitud arrogante.
Me humedecí los labios resecos y al fin sostuve la mirada de Apollo. Me observaba con una ceja en alto, pero no dejaba entrever nada.
Reí nerviosa y estiré un brazo de la forma más antinatural posible.
—Y-yo... solo me estaba estirando. No intentaba escaparme, claro que no.
Mi sonrisa forzada debía ser lo más patético que había hecho en la vida. Incluso levanté un poco más la mano y la manta resbaló lo suficiente para dejar mi seno derecho al descubierto.
Apollo bajó la mirada y se demoró en él un segundo de más.
Se me encendió la cara. Me subí la manta hasta el mentón mientras el calor me abrasaba hasta las orejas. Era ridículo; la noche anterior ya me había visto desnuda. Nadie me había tocado tanto como él. Aun así, no podía evitar que mi estúpido corazón se desbocara.
Que hubiera pasado la mejor noche de mi vida no borraba el hecho de que él seguía siendo mi jefe. Tosí para disipar la incomodidad y me pasé los dedos por el cabello revuelto. Hablar era la solución.
—Bonito gato —dije sin pensar mientras señalaba a la bolita de cabello.
El gato abrió un ojo, me miró con desprecio y luego se dio vuelta para volver a cerrarlo, como si quisiera decirme que no merecía su atención.
Perfecto. Hasta el maldito gato pensaba que yo era patética. Apollo se apartó de la pared sin darle importancia a aquella conversación. Sin decir nada, avanzó hacia mí.
Aferré la manta con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Por un segundo creí que se detendría ante mí, pero pasó de largo y el tenue aroma de su jabón me envolvió.
Tragué saliva. Me temblaban las rodillas y no sabía si lograría mantenerme de pie. Giré apenas la cabeza para verlo dirigirse a la otra zona de la habitación. Entonces comprendí que se dirigía al vestidor.
La toalla se deslizó de sus caderas y cayó al piso. Dios mío.
Giré la cabeza tan rápido que casi me rompí el cuello. El corazón me golpeaba las costillas. ¿Cómo podía hacer... eso? ¿Cómo podía actuar con tanta naturalidad? Mientras tanto, yo estaba aquí como una adolescente torpe que acababa de ver a un hombre desnudo por primera vez y sin querer.
Me cubrí la cara con una mano y parpadeé con fuerza. Por un segundo aterrador, estuve a punto de ceder. Giré un poco y ladeé apenas el mentón, lista para echarle un vistazo antes de que alcanzara a vestirse.

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