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Compláceme, Papi romance Capítulo 62

Grace

Algo pesado me aplastaba el pecho.

Se me escapó un gemido; era como si alguien estuviera recostado sobre mí con total tranquilidad. Me moví para quitarme ese peso, pero lo que fuera se agitó y también emitió un sonido grave. Entonces, algo suave me rozó la coronilla.

¿Qué era eso? ¿Serían los gemelos?

Negué débilmente y murmuré:

—Ya basta, niños. Denme dos minutos; su tía está agotada.

La cosa respondió presionándome con más fuerza.

—Miau.

Abrí los ojos.

A escasos centímetros de mi cara, dos ojos verdes y perfectamente simétricos me miraban con reproche. El dueño de esos ojos inclinó la cabeza despacio, como si evaluara mi valor como ser humano. Su pelaje blanco como la nieve brillaba bajo la suave luz de la mañana que se filtraba por las persianas.

—¿Qué demonios...? —La voz me salió ronca y me limité a devolverle la mirada al gato blanco encaramado sobre mi pecho. Tenía una pata apoyada en mi cabeza y juro que me observaba como si supiera todo lo vergonzoso que había hecho en mi vida.

—¿Quién eres? —pregunté, todavía medio dormida y confundida por encontrarme en un duelo de miradas con un gato que, a todas luces, no era mío.

No respondió, claro. Se limitó a dedicarme una última mirada de desaprobación antes de saltar de mi pecho, caminar despacio hasta los pies de la cama y acurrucarse allí como si fuera el dueño del lugar, con los ojos verdes todavía fijos en mí.

Parpadeé unas cuantas veces antes de recostarme de nuevo en la almohada. El calor del sol me dio en la cara y me obligó a entrecerrar los ojos. Alcé una mano para protegerme del sol, pero hasta ese pequeño movimiento hizo que se me oprimiera el pecho. La realidad empezaba a tomar forma.

Esa mañana no estaba hecha un desastre por la borrachera. Tampoco tenía la mente nublada ni intentaba reconstruir lo ocurrido como la trágica protagonista de una comedia romántica. En cuanto abrí los ojos, todos los recuerdos se ordenaron en mi cabeza.

Había pasado la noche con mi jefe. Con el mismísimo Apollo Reed. Genial. Ni siquiera sabía qué sentir al respecto.

En mi cabeza, había imaginado más de cien veces cómo sería acostarme con Apollo. Creía conocer las respuestas. Pensaba que sentiría vergüenza, que la humillación me devoraría hasta no poder mirarme. Que el arrepentimiento llegaría en cuanto todo terminara y me haría desear volver atrás para deshacerlo todo.

Pero, extrañamente, nada de eso ocurrió.

No sentía culpa. No me daba vergüenza.

¿Y arrepentimiento? Para nada.

Es más, si pudiera volver al día anterior, lo repetiría todo sin dudarlo. Entraría en su despacho, me desnudaría y dejaría que me tocara sin cuestionármelo.

Se me encendió la cara y el pulso se me aceleró cuando las imágenes de la noche anterior me asaltaron todas a la vez. Cómo se sentía dentro de mí. Dios, cómo se movía, con qué precisión y destreza; parecía saber exactamente dónde y cómo tocarme para que mi cuerpo me traicionara. En comparación con mis experiencias anteriores, fue como entrar en otro mundo.

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