Grace
Nunca me había sentido tan llena. Hasta ese momento, ni siquiera sabía que la verga de un hombre pudiera llegar tan adentro. Aquella mezcla embriagadora de placer y dolor leve me cortó la respiración; todos los nervios de mi cuerpo cobraron vida.
No eran las torpes caricias de un muchacho. Era un hombre que me cogía y hacía suyo cada rincón de mi cuerpo.
Me mordí el labio inferior para evitar gemir. El calor me recorrió la piel y entreabrí los labios, consumida por el deseo. Clavé las uñas en la mano con la que se apoyaba sobre mí, desesperada por encontrar algo a lo que aferrarme.
Un gruñido le retumbó en el pecho y me hizo estremecer. Abrí despacio los ojos, aturdida, y me encontré con los suyos entrecerrados.
—Así que esta es la cara que pones cuando te llego hasta el fondo —murmuró—. ¡Qué carita tan obscena, princesa!
Dios.
Mientras hablaba, había algo tan pecaminoso en su actitud que resultaba irresistible. Un mechón suelto le caía sobre la frente y sombreaba sus pómulos marcados. Así se veía Apollo, mi jefe, cuando el placer le hacía perder el control.
Carajo, qué espectáculo. Jamás pensé que llegaría a verlo así. La mera idea hizo que me contrajera por instinto a su alrededor.
—Mierda... —masculló. Me lanzó una mirada de advertencia mientras se inclinaba sobre mí y me apretaba posesivamente la cintura con una mano. Me habló al oído con un tono bajo y peligroso.
—No seas traviesa, zorrita.
Antes de que pudiera asimilar la advertencia, se retiró y volvió a embestirme; se hundió tan adentro que grité. Lo repitió. Cada embestida era más intensa que la anterior, sin darme tiempo de saborear una antes de que volviera a clavarse en mí.
Eché la cabeza hacia atrás. La cama chirriaba al ritmo de sus embestidas implacables y el sonido se mezclaba con el golpeteo húmedo y rítmico de piel contra piel.
—¡Dios mío! —grité entre gemidos, con la voz quebrada. Cada embestida parecía partirme en dos y me arrancaba gemidos que ni siquiera sabía que podía emitir.
Mi cuerpo lo apretó sin que pudiera evitarlo, como si se negara a dejarlo salir. El placer era tan intenso que me robaba el aliento; temblaba sin saber si llorar, gritar o rogarle que me diera más.
Así era el sexo. Así debía sentirse. Era tan bueno que dejó de parecer una actuación. Hacía maravillas con mi cuerpo.
Sentía el roce de cada vena gruesa y cómo la cabeza de su verga rozaba y presionaba los puntos más sensibles de mi interior antes de retirarse apenas lo suficiente para empezar de nuevo.
Intenté quedarme callada, pero movió la cadera en el ángulo perfecto y me arrancó un gemido.
—Mmm... papi.
El sonido pareció encender algo en él. Deslizó una mano desde mi cintura hacia mis muslos y, con un solo movimiento fluido, me levantó las piernas y las apoyó contra su pecho. Me las sujetó con firmeza para inmovilizarme mientras se hundía en mí. Cada embestida seca me sacudía el cuerpo hasta que, de pronto, alcanzó un punto que yo ni siquiera sabía que existía.
Mi punto G.
¡A... ahhh!
—Mierda, se siente tan bien estar dentro de ti... —Gimió con voz ronca, como si hasta él se sorprendiera del placer que le daba mi cuerpo.
La forma en que se movía era peligrosa. Al final de cada embestida, rotaba la cadera y me arrancaba otro gemido indefenso. Sin poder controlarme, gritaba desesperada cada vez que acertaba con el ángulo.
Aquella sensación familiar me golpeó con fuerza. Era la misma que sentía cada vez que él me daba placer, pero ahora resultaba mucho más intensa. Aquella presión se acumulaba en mi vientre hasta volverse insoportable. Necesitaba venirme.
Alcé la cabeza, desesperada. Ni siquiera tuve que decirlo; la mirada me delató.
Debió de notarlo porque algo cambió en su expresión. Sonrió divertido y bajó la voz hasta volverla tan grave y oscura que me hizo contraerme entera.
—Todavía no.
Solo hicieron falta esas dos palabras para que jurara odiarlo. Fue una de las pocas veces en que vi con toda claridad lo que era, diabólico y despiadado. Solo un hombre cruel podía prohibirme venirme mientras seguía golpeando ese mismo punto una y otra vez, hasta hacerme jadear, gemir y temblar tanto que sentí que las piernas me fallarían. Sabía exactamente lo que hacía.

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