Apollo
Clavó la mirada en mi pene, con los labios entreabiertos, como si no pudiera creer que existiera uno así de grande. El movimiento de su garganta al tragar reveló exactamente lo que pensaba. ¿Cómo iba a caber dentro de ella?
No le di tiempo para pensar. Ya no tenía paciencia para ninguno de los juegos que creyera poder intentar conmigo. Me incliné sobre ella y la empujé contra la cama hasta quedar cara a cara mientras nuestros alientos se mezclaban. Respiraba deprisa y un rubor se extendía por sus mejillas.
No entendía por qué me excitaba tanto ver lo fácil que era alterarla, pero así era. Me producía una satisfacción visceral, casi primitiva.
No esperaba que esto sucediera esa noche. Casi había renunciado a la idea de estar dentro de ella algún día. La edad te enseña cuándo alejarte y cuándo dejar algo atrás. Claro que estaba decepcionado; ¿cómo no? Era la primera mujer en mucho tiempo que me atraía de esa manera. Pero no pensaba tomar por la fuerza a ninguna mujer, ni siquiera a una tan caótica, que se emborrachaba y se me lanzaba encima en los momentos más inoportunos. Hasta entonces, esperar había sido mi única opción.
Pero ahora esa misma mujer estaba en mi cama, con las piernas abiertas, mojada y deseándome. Se me había acabado la paciencia. Esa noche iba a ser mía.
Deslicé una mano detrás de su espalda y le desabroché el sostén. Vi cómo sus suaves pechos quedaban libres. Me relamí por instinto, como si ya pudiera saborearla. Recogí el cinturón del piso, le sujeté ambas muñecas y se las até por encima de la cabeza.
Abrió mucho los ojos, pero no se resistió. Me incliné, me llevé a la boca uno de sus perfectos pezones rosados y lo chupé.
Mmm...
Su gemido vibró contra mis labios. Mordisqueé el pezón y luego alivié la zona con la lengua. Con una mano le acaricié el otro pecho, le pellizqué el pezón y lo hice rodar entre mis dedos hasta que arqueó el cuerpo debajo de mí y me dio lo que quería.
Su gemido resonó en mi pecho. Sentí un tirón de sus muñecas contra el cinturón. Pasé la boca de un pecho al otro y chupé sin prisa. Recorrí su pezón con la lengua; luego lo atrapé otra vez entre los labios y tiré de él con firmeza.
Cuando abrió despacio los ojos, vidriosos de placer, sonreí apenas, divertido. Le sujeté ambos muslos y le abrí más las piernas hasta dejarla expuesta ante mí. Me sostuvo la mirada, indecisa pero expectante.
—Ni siquiera hemos empezado —dije en voz baja— y ya estás así.
Me sujeté el pene con la mano libre y empecé a acariciarlo despacio. Bajó la mirada y se mordió el labio mientras me observaba.
—Me pregunto —murmuré— qué cara pondrás cuando estés llena, señorita Grace... Ah... —Sonreí apenas—. Supongo que debería olvidarme de tanta formalidad. No encaja mucho con lo que estamos haciendo, ¿no crees?
Llevé la punta hasta su entrada. En lugar de penetrarla, me froté contra ella y comprobé lo mojada que estaba. Por instinto, impulsó las caderas hacia mí como si intentara meterme en ella.
Si no tenía cuidado, terminaría dentro de ella sin proponérmelo. Gemí mientras le levantaba un poco más los muslos y los sujetaba con firmeza.
—¿Qué te parece esto...? —Hice una pausa y contemplé su cara ruborizada. Algo en su vulnerabilidad hizo que la palabra se me escapara antes de poder contenerla—. Esto te va a doler, princesa.
Parpadeó. No supe si fue por el apodo o por lo que estaba a punto de ocurrir. Embestí.
—¡Ah! —gritó. Se echó hacia atrás; abrió mucho los ojos y jadeó.

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