Grace
Hice una mueca y se me escapó un pequeño quejido cuando el antiséptico tocó el corte de mi frente. Ardió, pero más que el dolor, me sorprendió la delicadeza con que me trataba.
Apollo, el hombre que yo creía hecho de hielo y piedra, me curaba la herida con un cuidado que jamás pensé que fuera capaz de mostrar. Movía las manos con precisión, como si yo fuera de cristal.
Por un momento, no supe cómo reaccionar.
Me había convencido de que, si venía aquí esa noche, solo sería sexo. No habría ternura ni nada después. Creí que tomaría lo que quería y todo se acabaría. Pero ahora yo estaba sobre su escritorio mientras él me limpiaba el corte de la frente con un algodón suave y tiraba cada algodón ensangrentado en el cesto que estaba a su lado, sin decir una palabra.
Me quedé mirando sus manos.
Tenía callos en los dedos, y las venas gruesas se marcaban en el dorso de sus manos. Llevaba las mangas recogidas hasta los antebrazos; la tela oscura los dejaba al descubierto. Era eso por lo que Eleanor siempre suspiraba cuando hablaba de Wyatt.
Decía que pocas cosas eran tan excitantes y se valoraban tan poco como ver a un hombre trabajar con las manos.
Entonces no lo entendía; ahora sí. Quizá porque siempre vi a Wyatt como un hermano mayor. O quizá Apollo era distinto. No tenía idea.
Había algo en la forma en que movía los dedos, en la habilidad y la calma de sus movimientos... Dios, me mordí el labio sin darme cuenta. Mientras él sacaba la curita del envoltorio, lo miré a la cara y volví a fijarme en sus manos.
Eran los mismos dedos que habían estado dentro de mí, y el calor entre mis piernas se intensificó.
Se inclinó y colocó la curita sobre el corte. Luego se apartó y dijo algo en voz baja que no entendí.
Asentí de todos modos.
—Sí.
Ni siquiera escuché lo que dijo. A esas alturas, podía haberme pedido que le vendiera el alma y yo habría aceptado. Dijera lo que dijera, tenía razón.
Levantó una ceja, divertido.
—¿Aún te duele?
Parpadeé, salí de aquel trance y negué enseguida.
—N-no. Claro que no. Estoy bien.
—Bien —dijo con tono inescrutable—. Porque ya no puedo seguirme resistiendo.
Se me revolvió el estómago.
—¿Qué...?
Alcé la mirada hacia él, confundida, y abrí la boca para preguntarle qué quería decir. Antes de que pudiera pronunciar una palabra, movió la mano.
Tiró el botiquín del escritorio de un manotazo. Apenas percibí el estrépito al caer al piso cuando volví a sentir sus manos sobre mí. Una me sujetó por la cintura y tiró de mí hasta llevarme al borde del escritorio; la otra se deslizó hacia arriba y me sujetó por un lado del cuello.
El corazón se me detuvo.

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