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Compláceme, Papi romance Capítulo 58

Grace

—Mójalos —dijo.

El corazón se me detuvo. Una descarga me recorrió la columna, bajó directa hasta mi centro y se concentró en el lugar que ya me dolía por esa palabra. De verdad no perdía el tiempo. Sabía lo que quería y hablaba como un hombre acostumbrado a conseguirlo.

Me pasé la lengua por los labios resecos mientras el pulso se me aceleraba. Era absurdo, pero por alguna razón quería obedecerlo. Quería portarme bien.

Ese deseo me desconcertaba más que cualquier otra cosa, sobre todo porque jamás había sentido algo así con Charles. Con él siempre quise complacerlo, claro, pero nunca sentí la necesidad de obedecerlo. Jamás le habría permitido acercarme los dedos a los labios y darme órdenes de ese modo. Habría puesto los ojos en blanco o me lo habría tomado a broma. Pero con Apollo no podía apartar la mirada de sus ojos. Esos ojos color avellana, hermosos y fríos.

Me incliné despacio hacia él, saqué la lengua y la deslicé por sus dedos.

No sabían a nada ni me proporcionaban placer físico, pero, carajo, el simple acto me abrasó. Pensar dónde estarían esos dedos en unos segundos y qué iba a hacerme con ellos me hizo palpitar entre las piernas.

Los chupé.

Ni siquiera me di cuenta de cuándo los metí más, pero de pronto los tenía en la boca. Cerré los labios alrededor de ellos y deslicé la lengua entre ambos. La moví lentamente para que sintiera cada movimiento. Aquello me excitó más de lo esperado, quizá por cómo me miraba desde arriba mientras yo lo hacía. No cambió de expresión; solo me observó, concentrado en mi lengua.

Intenté juntar las piernas, desesperada por rozarme y aliviar la tensión, pero no pude. Tenía la otra mano sobre mi muslo y me mantenía abierta. Su pulgar quedó peligrosamente cerca del punto más sensible.

Cuando por fin me sacó los dedos de la boca, vi brillar la saliva que los cubría. Su mano bajó sin vacilar. Después subió despacio la otra mano y me rodeó el cuello con ella. Se inclinó hasta quedar tan cerca que su aliento me rozó la mejilla; su cuerpo se alzaba sobre mí.

Me levantó el mentón para obligarme a mirarlo a los ojos.

—Buena chica. —La frase le salió como un gruñido.

Se me cortó la respiración. Buena chica. Debería haberme avergonzado lo mucho que ese elogio me afectaba, pero se me detuvo el corazón y por un segundo olvidé cómo respirar.

No alcancé a reaccionar antes de que esos mismos dos dedos se deslizaran entre mis piernas y se hundieran en mí. Jadeé y me estremecí.

—¡A-ah!

No me dejó moverme. La mano alrededor de mi cuello me mantuvo inmóvil mientras la otra trabajaba entre mis muslos y me obligaba a permanecer abierta, bajo su control.

Me observaba; estudiaba cada temblor de mis labios y cada sonido entrecortado que se me escapaba.

—Mmm... —Gruñó en voz baja, casi para sí mismo—. Todavía tan apretada.

Nunca había sentido dos dedos dentro de mí al mismo tiempo. Lo normal era empezar con uno y darme tiempo para acostumbrarme antes de añadir el otro. Pero esta vez no vaciló y, de algún modo, eso también me gustó.

Su pulgar rozó mi clítoris. Luego comenzó a sacar los dedos despacio y susurró con claridad:

—No esperes que te trate con delicadeza. Voy a hacerte gemir hasta que te vengas aquí, sobre mi escritorio.

Me hundió de nuevo los dedos, con tanta fuerza que mis caderas se sacudieron. Me aferré a él entre jadeos; se me cortocircuitó el cerebro.

No estaba preparada.

No hubo preparación ni una pausa para recuperar el aliento; solo sentí cómo me abría. Jadeé y el cuerpo se me sacudió ante la penetración repentina. Llevé las manos hacia atrás para sujetarme al borde del escritorio, pero no me dio ni un segundo para recuperarme.

Sus dedos entraban y salían a un ritmo implacable. Cada embestida alcanzaba puntos que me hacían temblar y tensar los muslos alrededor de su mano. La mente se me quedó en blanco.

—Espera... ¡A-ah! —Se me escapó un gemido.

La otra mano siguió firme en mi cuello para mantenerme inmóvil.

—Mmm... —Los ojos se me fueron hacia atrás.

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